Primero debo aclarar que empecé a escribir esto en la
víspera de mi cumpleaños, cuando cumplir 33 años todavía era contingente.
Cuando estuve listo para publicarlo pasó el atentado en París y como fue una
semana muy atiborrada de cosas en Facebook, decidí esperar un poco más, y luego
entre el frenesí de las últimas semanas y las preparaciones para mi nuevo viaje
a Chile, lo olvidé. Así que aprovecho que tengo una escala de 9 horas en Rio de
Janeiro para subir esto por fin. Lo bueno de la demora es que estas últimas
semanas pasaron cosas bastante interesantes que podré incluir en esta edición.
Así que si aguantan hasta el final se toparán con un par de apasionantes anécdotas
que incluyen encuentros cercanos con celebridades.
Antes que nada, pido disculpas por ser uno más de los
oportunistas que en los últimos años han usado la famosa frase de los mineros
adaptándola a sus propios intereses y/o falta de imaginación. Pero por otro
lado, nunca más cumpliré 33 años, sobre todo yo que no creo en esas cosas de la
reencarnación (y aún así, si la reencarnación sucediera y volviera a cumplir 33
años en otra vida, nunca lo podría saber, ya que uno no se acuerda de sus otras
vidas a menos que le pague 50 lucas a un parapsicólogo para luego verse en
vidas pasadas siendo caballero medieval, vikingo, faraón, o cosas por el estilo
–por alguna razón, en todas las historias de regresiones que he escuchado las
personas se ven como parte de la realeza de alguna civilización bien conocida,
o viviendo en medio de idílicos paisajes en los Alpes o algún bosque salido de
los libros de cuentos. Nadie se ve como contador auditor en el tedioso San
Fernando de 1890, o como cuidador de los puercos de un anónimo señor feudal, o
como un sastre deprimido y alcohólico en la fría Siberia de principios del
siglo XVIII, ni menos como un limpiador de tubos del órgano de la iglesia de
Etzweiler en el siglo XVI. O menos todavía, como simple recolector de frutos en
alguna tribu desconocida de las selvas de Papúa Nueva Guinea. Y por ningún
motivo, como tramoya del teatro de Tulsa, Oklahoma en los 1800. No señor: nadie
se ve haciendo oficios mundanos y aburridos, como los que ha realizado el 98%
de la población mundial desde el inicio de la humanidad. Espero en todo caso no haber ofendido a nadie con esta reflexión. Si es así, les recuerdo que yo mismo soy un hombre muy religioso y tal vez ocuparé este espacio en el futuro para burlarme de mí mismo. En fin, ya es hora de
volver a lo que estaba diciendo en un principio, y de cerrar este paréntesis.
Ahí va: ).
Decía que no volveré a cumplir 33 años, y nunca más podré
usar la frase de los mineros con tanta propiedad. Así que ahí está. Demás está
decir que cuando era adolescente ya llegar a los 30 parecía una eternidad, de
hecho cuando nació mi hermana Antonia yo tenía 15 años, y pensaba “cuando ella
cumpla mi edad de ahora, yo voy a tener 30, qué vejez!”. Ahora ella tiene 17, y
yo ya hace tres años pasé el límite que me autoimpuse como vejez. Probablemente
en esa época creía que a los 33 ya estaría casado, con hijos, una casa, un
trabajo decente, y tal vez un hámster porque no me gustan los perros. Sin
embargo, la vida me encuentra soltero, sin hijos, arrendando una pieza en un
departamento en Londres con una distribución diseñada por un chimpancé, e
intentando ganarme la vida como actor (o sea, trabajo no decente). Y mi única
mascota es una mosca enana que vuela en mi pieza… me aburrió la mosca, así que
la maté y me quedé sin mascota.
Aun así no me quejo, porque por otro lado sigo viviendo en
Londres, trabajando (o al menos intentándolo) en algo que me apasiona, y
aprendiendo muchas cosas sobre teatro, música, y sobre la vida en general. Como
ya he dicho en alguno de mis berrinches anteriores, vivir afuera le da a uno
cierta distancia de las cosas, permite ampliar la mirada y salirse de muchos
moldes y estructuras mentales que uno inevitablemente desarrolla cuando crece y
vive siempre en un mismo lugar.
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| Con mi torta personal |
Como última reflexión sobre cumplir 33, puedo decir que he
llegado a la edad de Cristo sin acercarme en absoluto a ninguno de sus logros
ni virtudes ni carisma ni nada, salvo en el largo del pelo, que sumado a la
barba ha hecho que algunos colegas del aeropuerto ahora me llamen “Spanish
Jesus”. Por lo mismo, me inspiré en ese gracioso sobrenombre algo racista
(porque en cierta forma implica que no soy lo suficientemente blanco como para
ser llamado simplemente “Jesus” según los estándares ingleses, que imaginan a
Jesús con tez muy clara y pelo idealmente castaño claro; incluso una vez vi en
EEUU una Biblia para niños con ilustraciones de Jesús ¡rubio!, como si fuera Thor,
el Dios nórdico del trueno) para mi disfraz de Halloween, que además calza con
mi cumpleaños así que tal como desde que llegué a Londres, mis amigos
londinenses me organizaron un cumpleaños/Halloween muy simpático en el que tuve
que tomar con moderación porque me pareció impropio tener a un Jesús ebrio en
la fiesta.
Con respecto a mi vida en los últimos seis meses, puedo
decir que las cosas siguen más o menos parecidas a la última vez que escribí.
Sigo con el show de rock (que ahora se llama ‘One Night of Rock’), y he seguido
conociendo lugares simpáticos alrededor del Reino Unido. También tuve un par de
nuevas grabaciones en Abbey Road con el coro Cantamusica, y he seguido audicionando
para distintos asuntos. En junio tuve un casting para un comercial de
afeitadoras Philips del cual salí convencido que había sido el peor casting de
mi vida –me pasaron una escena para aprenderme antes de entrar, y una vez
adentro, la persona que hizo la escena conmigo dijo cualquier cosa menos lo que
estaba en la página y yo me paralicé sin saber qué hacer, y luego de 45
segundos me dijeron muchas gracias hasta luego-, y mientras caminaba frustrado
de vuelta a la casa me dije que nunca más iba a audicionar para comerciales.
Por esos sinsentidos de la vida, a los pocos días me llamaron para darme la pega. Al parecer al director le
gustó mi reacción de quedar paralizado. Lo bueno de hacer comerciales es que
uno trabaja un día y te pagan lo mismo que gana Alexis Sánchez en 5 minutos,
pero que igual es buena plata. Eso sí, el comercial por alguna razón no se usó,
así que no podré compartirlo ni siquiera conmigo mismo.
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| Un jocoso workshop para un musical con la gran directora Jo Davies |
Aparte de eso, empecé a trabajar para otra compañía que pone
staff en eventos, y me ha tocado hacer las mismas pegas de mozo y cosas por el
estilo pero por plata decente, en eventos harto mejores, con gente muy
millonaria que paga fortunas para que los canapés sean servidos sobre pétalos
de rosas, o para comprar lujosos chaquetines para los 30 mozos sólo para la
ocasión. Y no es chiste. También me han salido algunas pegas sorpresa cantando
en eventos; hace algunas semanas me tuve que disfrazar de Fantasma de la Ópera
y cantar en una premiación de una escuela de teatro musical para niños.
Como siempre, en estos meses he padecido visitas ilustres,
como la de mi entrañable primo de tercer grado Ernesto y mi cuñada de tercer
grado Jesu, con quienes recorrimos museos, parques y calles de barrios
desconocidos en bicicleta. Luego vino mi ex camarada de periodismo y
bachillerato Tomás Pollak, junto a su señora Caro y a su hija que yo no sabía
que existía y por eso no los reconocí en un principio cuando los vi en la calle
con un coche. También estuvo por acá mi viejo amigo Panchuco (aunque después de
años de amistad me vine a enterar que no le gusta que le digan así, así que lo
llamaremos Francisco), con quien también compartimos gratos momentos aunque no
sacamos ninguna foto. Y con esto del mundial de rugby, recibí la visita de un
senador de la República que, cansado de hacer fechorías en Chile, se vino a
descansar y gastar sus millones viendo el rugby. Sin embargo, no le di mi
número de teléfono así que gracias a Dios no nos topamos.
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| Visita de Panchuco sin Panchuco en la foto |
Además de estas visitas temporales, hace unos tres meses mi vieja
amiga Ale Hahn (vieja porque nos conocemos hace unos 22 años, y sobre todo
porque ya está un poco vieja) llegó a Londres a vivir con su amable novio
llamado el Caluga, así que no me ha faltado compañía chilena, y por ende mi
inglés ha empeorado en un 15%.
Un capítulo interesante de estos meses fue la experiencia de
vivir la Copa América desde acá. Como todos ustedes sabrán, soy un gran hincha
de cartón del fútbol, que sigo a mi equipo o a mi selección fielmente cuando
las cosas van bien, y pierdo el interés cuando van mal. Y como actualmente el
caso es que –casi por primera vez desde que tengo uso de razón- la selección
chilena juega bien, he sido un fiel hincha. Por la diferencia horaria, todos
los partidos de Chile en la copa empezaban pasadas las 12 de la noche, así que
vi los dos primeros en mi computador en algún sitio trucho de internet acostado
en mi cama, pero a partir del tercero empezamos a ir con el Shico y otros
chilenos a un bar llamado “El Comandante” (así, en español), en homenaje al
Comandante Che Guevara. El dueño es un señor boliviano muy gracioso, que abría
su local pese a que por ley los bares cierran antes de las 12 en la semana. Así
que tenía que apagar casi todas las luces, y no nos dejaba gritar muy fuerte
para no alertar a los vecinos o al FBI. Por supuesto no tenía TV cable, así que
para mostrar los partidos se conectaba a los mismos sitios truchos de internet
que usaba yo.
La final, que fue a un horario más decente, la vimos en otro
bar más grande que se repletó de chilenos, tanto que junto a mi buen amigo y
también ex camarada de periodismo y bachillerato Jorge Díaz nos quedamos justo
afuera de la puerta para no respirar el olor a rodilla que había dentro de ese
antro. Demás está decir que después del penal de Alexis todo fue jolgorio y
abrazos y chilenos gritando en la calle.
En lo personal, sentí el extraño vacío de por primera vez no
perder y ganar algo importante. No sabía qué hacer con la sensación de triunfo,
sin el peso de otra derrota más. En todo caso, fue emocionante vivir esta
situación inédita rodeado de chilenos, aunque sólo conocía como a cuatro o
cinco.
Poco después de estos felices hechos, viajé a Chile por tres
semanas, con la excusa del matrimonio de mi primo Albert y en menor medida
porque hacía más de un año que no iba.
Como las anteriores veces que he vuelto al país, fue también una buena
oportunidad para ver a mi familia y a los buenos amigos que se echan de menos
estando fuera, y también para organizar reuniones para que estos amigos se
vuelvan a ver entre ellos, ya que si yo no organizo algo estos vacas no se
juntan. A algunos amigos que quería ver no los alcancé a ver, pero en
compensación a otros que no quería ver bajo ninguna circunstancia tampoco los
vi.
El matrimonio de Albert estuvo muy simpático y además en la
fiesta pude cantar algunos viejos hits del rock junto a mi antigua banda
Xtenso, lo cual me valió la admiración de muchas señoras presentes.
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| Con mis padres en el matri. |
Para ir cerrando, en las últimas semanas tuve dos episodios
bastante graciosos e inesperados. El primero una pega que me salió a través del
coro Cantamusica (el mismo de Abbey Road), en la que necesitaban al coro de
niños, más un tenor y un barítono, para salir como extras cantando en una
película. No sabíamos qué película era, pero a juzgar por los vestuarios que
nos dieron (unas capas negras con capucha) pensábamos que podía ser un
documental para la BBC o algo por el estilo. Estuvimos todo un día sentados en
el lugar de grabación sin hacer nada –salvo comer, y bastante bien gracias al
catering de la producción-, y recién al segundo día nos tocó entrar al set de
filmación, que era una especie de gran templo masón. Aparte de nosotros habían
como 200 extras con sus capuchas, y un actor principal ensayando la escena que
era entrar a la cosa por el pasillo, llegar hasta el altar y dar un discurso.
Cuando por fin empezó la filmación, entró el actor real, que no era otro que
Jeremy Irons, y casi me oriné. Poco después entró Michael Fassbender a la
escena, y caímos en cuenta de que estábamos en una hiper mega producción cuyo
nombre no puedo revelar, pero que tiene las iniciales Assassin’s C., o más bien
A. Creed. Lo más gracioso es que hacia al final de la canción tengo un par de
líneas solo, así que en una de esas aparezca mi voz en la película. Aunque en
estas cosas uno nunca sabe. Tendré que esperar al estreno de la película el
próximo año para saber.
Lo otro fue un evento en el que trabajé la semana pasada
como mozo (en realidad, como encargado de guardarropía), y que fue una de las
situaciones más surrealistas que he vivido. Era una fiesta privada en un
departamento en el centro de Londres, donde me advirtieron que podrían llegar
famosos, sobre todo políticos, y de hecho así fue. Pero además llegó un desfile
de celebridades, y me vi en la absurda situación de recibir las chaquetas y
conversar brevemente con gente que uno ve en las películas o en la alfombra
roja de Hollywood. Lamentablemente firmé un contrato por el que no puedo publicar
detalles en internet, pero al que me invite una cerveza en Chile puedo contarle
con qué personajes me topé.
Y para terminar, tuve recientemente días la alegría de
compartir con mis queridos Berni y Shico la llegada de su hijo Manuel, hace 10
días. Tener al enano en brazos fue ciertamente más emocionante que ayudar a Hugh
Grant con su chaqueta, o a Rupert Everett a usar su celular, o a Ian McKellen
encontrar sus cigarros perdidos. Bah, se me salió.
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| Postal de Chile: blanca navidad con 40 grados de calor. |





Esto me suena conocido "pero que tiene las iniciales Assassin’s C., o más bien A. Creed"
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