Cuando se cumplen 51 días de mi llegada a Londres –número
muy simbólico ya que si consideramos los 40 días que Jesús pasó en el desierto,
más los siete días de la creación, el día de la madre, el día del padre, el de
la secretaria y el del funcionario público, suman exactamente 51-, puedo decir
que mi vida en esta ciudad va lentamente encausándose hacia una cierta
estabilidad. Claro que, a diferencia de un pololeo o relación romántica
promedio, en la cual luego de unas 4 o 5 semanas la chispa inicial comienza a
decaer, el entusiasmo se diluye y la vista se nos despeja para contemplar la
realidad con toda su terrible y monstruosa monotonía, el hecho de entrar en una
especie de rutina no ha abatido mi espíritu, sino que por el contrario, ha
reforzado mis ganas y agradecimiento por estar estudiando en esta ciudad llena
de gente tan rara.
Desde la última vez que escribí, estos han sido los sucesos
más interesantes que me han sucedido:
- Justo antes del 18 de septiembre, llegó mi
querida hermana Valeria (pasó unos días por Londres antes de ir a Barcelona a
hacer un magister), así que además de cederle mi pieza pudimos realizar
diversas actividades recreativas, como pasear por lugares turísticos de la
ciudad, comer en un buffet chino (donde comí la primera porción decente de
carne desde que llegué), o ver El Rey León, o participar en el asado de 18 de
septiembre que reunió a muchos chilenos que viven en Londres. Como dato
interesante, en el asado se hizo una “votación” por los candidatos
presidenciales chilenos, en la cual votamos como 90 personas y salió ganadora
Evelyn Matthei. Mi candidato salió penúltimo.
- Justo después del 18 de septiembre, y luego de
mucho buscar con magros resultados, encontramos un departamento junto con mi
roomate Claudio (y nuestra roomate Ana Luz, aunque ella todavía estaba en Chile
a esas alturas) en el barrio de Cricklewood, sector centro-norte de Londres.
Así que ya el 25 de septiembre nos cambiamos a nuestro depto definitivo, que en
realidad es como el primer piso de una casa, lo cual nos ahorra la cruda tarea
de subir y bajar escaleras. Está situado en un barrio llamado Cricklewood,
cerca de una calle llena de restoranes de comida típica de países tan
variopintos como Sri Lanka, Pakistán, Etiopía (ni idea cuál será un plato
típico de Etiopía), Líbano o Sudán. Y almacenes con comidas típicas de Hungría,
Rumania, Polonia, Bulgaria y los típicos almacenes árabes que están en todas
partes.
Lo amoroso de la situación es que muchos de
los productos tienen las etiquetas en sus idiomas de origen, así que hace un
par de semanas compré en el almacén polaco algo que todavía no sé bien si es
mantequilla, lubricante intestinal o cera para autos. Y hace un par de días,
encontré en el refrigerador de una tienda unos tarros semejantes a los de las
pelotas de tenis, cuya etiqueta estaba en eslovaco y en alemán. Mi intriga de
por qué conservaban pelotas de tenis en el refrigerador fue tal que tuve que
pasar el texto en alemán al traductor de google en mi celular, y solo entonces
comprendí que era queso de cabra con un toque de albahaca. Estaba en oferta,
así que lo compré.
Con Claudio y la Flopi, antes de ver Charlie y la Fabrica de Chocolates
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Porque, habéis de saber, como acá la gente
se cambia tan seguido de casa, en general
cuando arrienda deptos, vienen amoblados e incluso con vasos, cubiertos
y demases. En nuestro caso tenemos también una juguera, microondas, y una
especie de parrilla eléctrica marca George Foreman que es bastante mala pero
que no la he botado por respeto a George Foreman y su trayectoria en el boxeo.
También había un pescado podrido en el freezer que impregnó su aroma en lo más
profundo del alma del refrigerador, y que nos acompaña hasta hoy sutilmente.
Pero volviendo a mi colchón, tiene tantas
protuberancias que a veces ya no sé si son resortes carreteados, o tal vez
osamentas de ratones. No me atrevo a mirar… sólo sé que no le hace nada de
justicia a mi juego de sábanas moradas con círculos fucsia. Lo vi en oferta en
la tienda, así que lo compré. Lo bueno fue que olvidé lavarlo antes de usarlo,
y mi pijama se ha ido tiñendo morado con el paso de los días.
Con respecto a mis clases, ya estoy más acostumbrado al
horario, y ya logro comprender sin tanto dolor de cabeza el acento británico de
la gente, incluso cuando tengo sueño, lo cual es un alivio porque tengo sueño
siempre entre las 9 y las 12 del día, y entre las 2 y las 5 pm.
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| Mi curso |
Con mis compañeros hay muy buena onda en general, y unas
tres semanas tuvimos un carrete con todo el curso donde gocé de gran
popularidad gracias a mi ukelele, y donde tuve la oportunidad de enseñarle a
bailar salsa a algunos gringuillos. Creo que si hace tres meses atrás alguien
me hubiera dicho que yo estaría enseñándole a otra gente a bailar, me habría
reído e indigestado a la vez. Tal vez también le habría golpeado la cabeza con
una caja de cuscus, pero en Chile es muy caro y no valdría la pena. Pero he
aquí, incrédulos, que soy como el Ángel Torres de Cricklewood. Aunque en
realidad, para ser justos, la que llevaba la batuta de la salsa era Marina, mi
compañera argentina, y yo era el palo blanco entusiasta.
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| Dejando la grande con el ukelele |
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| Gente extraña |
Aparte de todo esto, ya me he ido haciendo de algunos amigos
en el curso (aunque más que nada amigas, por alguna razón), lo cual es bastante
meritorio en este país donde la gente con suerte se saluda y donde el contacto
físico más cercano se da cuando uno se sube al metro. Claro que basta que la
gente se tome una cerveza para que se pongan eufóricos y te abracen y te digan
“I love you”… Aunque en realidad eso con el curso pasaba más al principio,
ahora está más interactiva la cosa en general, además que nos vemos todos los
días y en las peores pintas (sobre todo después de las clases de danza, donde
salen todos despeinados, traspirados, y además la sala inexplicablemente no
tiene ventanas, y el olor que se acumula luego de 3 o 4 clases en un día con
cursos distintos sudando la gota gorda es francamente ofensivo).
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| Cerveceando con Jackie y Josh |
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| Afuera del teatro de Los Miserables con Molly y Shannon (no vimos la obra, sólo nos sacamos la foto) |
Lo bueno es que como tenemos que ir siempre de negro a
clases, no hay muchas opciones y así uno no pierde tiempo en la mañana pensando
qué ponerse. Lo malo es que tuve que comprarme más poleras negras, porque
necesito una para cada día de clases. Lo bueno es que acá existe una tienda de
ropa muy barata que se llama Primark, y me compré unas poleras negras a como
1.500 pesos chilenos cada una. Lo malo es que dicen que Primark tiene esos
precios porque hace trabajar a niños en la India por unos sueldos miserables.
Lo bueno es que no me consta que sea cierto, y mi bolsillo lo agradece mucho.
Lo malo es que si es verdad, estaría con mis compras apoyando la explotación de
niños en la India. Lo bueno es que Chile clasificó para el mundial. Lo malo es
que no está Moisés Villarroel en el equipo. Lo bueno es que Moisés Villarroel
no está en el equipo.
Y gracias a que en la escuela tenemos descuentos para
algunas obras (y a que mis compañeros por alguna razón siempre se enteran de
estrenos, ofertas y demases que yo nunca sé), ya hemos ido a ver varios
musicales, aunque ninguno todavía que me parezca tan fantástico. Aun así ha
sido muy interesante ver tantas cosas (de hecho, he ido más al teatro en estas
semanas que en todo el año pasado), además que acá si uno tiene suerte puede
encontrarse con celebridades, como unas compañeras que fueron al pre-estreno de
un musical que escribió Tim Rice, y se lo toparon en el intermedio y se sacaron
fotos con él.
Les recuerdo que el 30 de octubre es mi cumpleaños, así que
pueden dejar sus donaciones en mi cuenta del Banco Santander en Chile. Aquí lo
celebraré en la casa de unas compañeras que están organizando una especie de
fiesta de cumpleaños-Halloween, así que tengo que pensar en algún disfraz. Se
aceptan sugerencias.
PD: Tenía fotos del depto, pero se me borraron, así que mañana saco algunas y las agrego.
PD: Tenía fotos del depto, pero se me borraron, así que mañana saco algunas y las agrego.





