domingo, 29 de enero de 2017

Viajes, viajes, viajes. Viajes!

Bueeena cosa. En mi visita a Chile en Septiembre pasado algunas tías y un par de amigos me reclamaron que qué pasaba con mi blog, que si me daban regalos de navidad era para que al menos escribiera un par de veces al año, que hasta cuándo tanta flojera. Así que aquí voy, más de un año después de la última vez que escribí algo en la hiper mega red.

Lo más llamativo de estos últimos doce meses y un poco más es que he estado en igual número de países, sin contar Inglaterra o Chile, ni tampoco España porque en rigor sólo pasé por el aeropuerto de Madrid, y los aeropuertos son como lugares donde el espacio y el tiempo se pierden entre chequeos de seguridad y tiendas que, sin importar el país, son prácticamente todas iguales. Tan así que en el Aeropuerto de Santiago la tienda de Duty Free vende las mismas cosas que las de Londres, incluso chocolates típicos de…  Inglaterra. Nada de chocolates Costa Nuss,  Trencito, ni menos pasteles de la Ligua, empanadas de alcayota o de pera, ni panqueques con manjar Colún, ni torta con manjar Colún, ni empolvados con manjar Colún. No señor: en el aeropuerto de Santiago venden chocolates Butlers, una marca de origen irlandés que, hasta lo que yo recuerdo, en Chile no se vende en ningún lado ni nadie conoce. ¿Dónde quedó el Doblón, la Negrita, el In kat, o el Super 8? Afuera del aeropuerto, pasados los taxistas que te persiguen como moscas luego de pasar por la ridícula fila del SAG (que a todo esto, Chile debe ser el único país del mundo con algo similar en el aeropuerto, con un diseño tan fantástico que la fila se enreda entre las cintas para recoger las maletas y los perros con chaquetas verdes que se pasean buscando drogas en las maletas mientras un funcionario del SAG les ordena “Ya Benito, ole, ole” (esto me tocó verlo en mi último viaje a Chile, con ese mismo nombre de perro y esa misma degeneración de la palabra “huele”). Un punto a favor para el SAG eso sí: mientras en Chile hacen trabajar a hermosos perros labradores de dorado pelaje, en Inglaterra ponen a unos perros de una raza bien fea que se ven bastante quiltros. Aunque ahora que lo pienso, tal vez sea sólo otro ejemplo de nuestra absurda fascinación nacional por la gente rubia. Lo que es yo, uno de mis mejores amigos es rubio (en realidad, era, ahora está bastante pelado) pero también he conocido gente rubia bastante desagradable, como hace unas semanas en el metro de Londres, donde ahora que algunas líneas funcionan toda la noche los fines de semana, se sube gente muy ebria como una niña rubia que vomitó a pocos metros de donde estaba sentado yo con mis amigos. Lo mejor fue que apenas vomitó, ella y su amiga se cambiaron de carro porque no les gustó el olor, y poco rato después se subió otro grupo de amigos también medio puestos y uno de ellos entró saltando al carro –queriendo impresionar a sus amigas, supongo-, con tan buena puntería que cayó justo en el lago de vómito. En un país donde las personas en el metro no se miran ni se hablan, la gente que estaba en el carro comenzó a reír silenciosamente para sí misma, hasta que alguien no aguantó y explotó y las carcajadas estallaron mientras el pobre jovenzuelo trataba de limpiar sus zapatillas y pantalones en el colmo de la humillación. Mi amigo Colin lloró de la risa por 5 paradas del metro. Claro que él es irlandés (los ingleses sólo rieron por 2 paradas)… irlandés como los chocolates Butlers.

Para finalizar mi reflexión sobre el aeropuerto de Santiago, hay un nuevo patio de comidas con cinco restoranes. Tres de ellos son cadenas extranjeras, pero hay que reconocer el esfuerzo de poner dos finos representantes de la más alta y característica gastronomía chilena: Telepizza (cadena nacional cuyos únicos grandes méritos son haber sido el escenario de la teleserie de 1994 “Amor a Domicilio”, y haber sobrevivido sin quebrar por más de 20 años siendo lejos la pizzería más mala del país) y… Pronto Copec. Sí, habéis leído bien: Pronto Copec. Aquel lugar al que uno sólo entra a comer porque es la única opción de pasar al baño en la carretera, y que tiene la distinción de ofrecer por lejos la peor relación calidad/precio del mundo. No conozco a nadie en su sano juicio que en un momento de hambre declare: “Mmm que ganas que comerme un hotdog del Pronto Copec. Voy a ir a la bomba de bencina más cercana y gastaré 3 lucas en una salchicha envuelta en pan frío y aderezada con palta artificial”. En el aeropuerto de Lima vi al menos tres distintos restaurantes ofreciendo comida típica de Perú; pues bien, en el aeropuerto de Santiago uno puede por $4.600 disfrutar de un hotdog del Pronto Copec. O sea, al ya vergonzoso sobreprecio de la bomba de bencina, se le suma un nuevo sobreprecio por estar en el aeropuerto.

El patio de comidas más vergonzoso del universo conocido

En fin… como decía al principio, este último año viajé bastante, sin siquiera planificarlo tanto. Primero, pasé la navidad y Año nuevo de 2015-2016 en Chile, lo cual fue muy bonito luego de haberla pasado afuera el año anterior. Como siempre, es además muy ameno volver a ver a la familia y a los amigos, y gozar de las bondades del verano en Santiago.

El primer viaje ocurrió porque mi amiga Ale Hahn (otra persona rubia) organizó un viaje a Marrakesh junto a su ahora marido Nico, su amiga Caro y yo a fines de febrero. Sin embargo, por circunstancias de la vida ella tuvo que irse a Chile por un tiempo y finalmente terminamos yendo la Caro, Nico y yo (ninguna persona rubia).
Pese a ser una cultura muy distinta en muchos aspectos, Marruecos me recordó mucho a Sudamérica. El desorden en las calles, los oficios populares tipo vendedor de fritanga (o de anticuchos de carne muy dudosa) en un carrito, el paseador de gente en caballos, los artesanos en greda, las tejedoras, y otros de esos personajes que en la vida citadina moderna parecen ya de otra época. Nos quedamos en una especie de hotel en el centro de Marrakech, construido en típica arquitectura y decoración árabe, piscinas interiores y escaso uso de puertas –¡ni siquiera el baño no tenía puerta!-.  La calle del hotel, como la mayoría en ese sector de la ciudad-, era  tan angosta que con suerte pasa un auto, y sin embargo, durante el día la calle está llena de gente caminando, carretas tiradas por burros, tipos andando en moto, e incluso autos, todos pasando al mismo tiempo. Es impresionante que con los tipos manejando sus motos como simios entre medio de los peatones, nunca hayamos visto un accidente. Las calles son un verdadero laberinto, y cada vez que algún local te ve con cara de perdido te ofrece ayuda para llevarte a donde quieres ir, PERO después te exigen darles una propina. Y no te dejan en paz. Una noche volviendo al hotel el taxista se pasó 30 metros y un tipo en la calle le dijo que nuestro hotel estaba unos metros más atrás, y cuando nos bajamos nos empezó a pedir propina, primero gentilmente y después a gritos. El conserje del hotel lo tuvo que echar.

Las cashecitas de Marrakech tienen ese guataca andando en moto entre la gente, viste?

Todo el mundo en la calle te saluda y te conversa muy amablemente y hasta te hablan de Alexis Sánchez para después tratar de venderte algo. Sacárselos de encima requiere tanto esfuerzo que en un momento ideamos la estrategia de decir que éramos de un país inventado para que no pudieran meternos conversación. Una de las costumbres más fantásticas es que las mezquitas –hay cada tres o cuatro cuadras- tienen todas un alto parlante que anuncia las horas de oración. Así que cada dos o tres horas se escuchaban oraciones o especies de cantos. Lo maravilloso es que estos empezaban tipo 4 o 5 de la mañana, así que la primera noche nos despertamos con esa voz gritando en árabe en plena oscuridad, creyendo que quizás era una alarma de incendio o el juicio final, pero luego se puso a cantar el equivalente a “Juntos como hermanos” árabe y entendimos que lamentablemente el mundo todavía no llegaba a su fin.
Su buena comida marroquí

Fuimos también un día a Essaouira, una ciudad como a tres horas de Marrakech al lado del mar, donde pudimos ver unas cabras reposando tranquilamente en las ramas de un árbol -sí, cabras-, y donde también pudimos andar un rato en camello por la playa. Es como andar a caballo, pero el doble de alto y con el triple de sentimiento de indefensión ante un animal que si quisiera podría botarnos al suelo, patearnos hasta la inconsciencia y luego devorarnos con sus afilados dientes y almacenarnos en su joroba –y luego morir de indigestión, ya que sus sistemas digestivos no están diseñados para comer carne).

Nicolás aprendiendo a manejar camello
El surrealismo máximo (la foto la bajé de Google, pero la escena es la misma).
El último día en Marruecos sucedió también el momento quizás más rudo para mí de este último año. Luego de varias semanas de incertidumbre, mi papá me llamó para decirme que mi tata estaba en las últimas y que quería despedirse de mí. Fue bastante extraño escuchar a mi abuelo hablándome con sus últimas energías estando yo sentado en el lobby de un hotel en Marruecos, sin poder abrazarlo ni poder articular casi ninguna palabra. Pocas horas después tomamos el avión de vuelta a Londres, y yo iba convencido de que al llegar él ya iba a haber muerto. Pasé todo el vuelo en duelo escribiendo algunas cosas pensando en mandarlas para su funeral. Pero apenas bajé del avión, me enteré que en lugar de eso, tuvo una recuperación sorpresiva y hasta se tomó una copa de vino. Unos días después murió tranquilamente mientras dormía, como él siempre quiso.

Lo más difícil, tal como cuando murió mi otro abuelo hace dos años, fue estar lejos de mi familia en esos momentos, aunque igual pude compartir bastante con él cuando estuve en Chile en enero de 2016. Desde que me vine a Londres, cada vez que me despedí de él en las veces que he vuelto a Chile se me apretaba la guata (y creo que al él también) pensando que quizás sería la última vez que nos veríamos. Pero esa vez por alguna razón fue distinto. Pasé una tarde con él conversando y mirando fotos de sus años de contralor y él medio riéndose de “todos estos viejos que ya están todos muertos”. Fue una bonita forma de despedirse, supongo.

Volviendo al asunto de los viajes, en mayo tuve la oportunidad de visitar Suecia y Finlandia, gracias a que encontré un trabajo en el que me pagaban por quedarme en mi casa. Me contrataron como cantante de reemplazo en un crucero, lo cual me  significó ensayar a principios de año con el elenco titular y luego estar disponible para el caso de que me necesitaran, lo cual jamás sucedió para mí ni para ninguna de las cover de bailarinas o cantante mujer. Así que con ellas viajamos a Suecia para unirnos al crucero como visitas del elenco estable, y estuvimos ahí 4 dias, 2 en Estocolmo y dos en Helsinki (que para los iletrados, es la capital de Finlandia, país donde vive Santa Claus desde su jubilación). El crucero atravesaba por unos fiordos bien espectaculares, con casas en medio de unas islas enanas, y paisajes como de leyendas nórdicas (lo cual es bastante obvio porque las leyendas nórdicas vienen de ahí mismo). Claro que varios de mis compañeros de elenco encontraban más interesante sus celulares que admirar el paisaje.
Banda de vikingos originales tocando en Estocolmo

Los fiordos entre Estocolmo y Helsinki

Casas de duendes finlandeses

En la Avenida Suecia

Luego en Julio vinieron de visita mis hermanos chicos Ignacio y Antonia, que ya no están nada de chicos y eso mismo me recuerda lo viejo que me he ido poniendo, pero al mismo tiempo el viaje que nos pegamos fue igual de inolvidable que algunos de los que hice con amigos del colegio o de la universidad muchos años atrás. Y además fue muy rico compartir con ellos y poder conversar de igual a igual y ponernos al día y conocer tantos lugares increíbles mientras me contaban los últimos chismes de la familia.

Partimos el viaje con un tren a Brujas, una ciudad en Bélgica que parecía de cuento con sus canales, hermosos edificios y artesanales cervezas. Subimos a la torre de la ciudad donde tocaban canciones con las campanas cada quince minutos, así que tuvimos la emoción de escuchar las campanadas retumbando a dos metros de nuestras cabezas. Ahí comenzamos una de las estrictas tradiciones de nuestro viaje, que fue ir cada día a conocer alguna deliciosa heladería. Creo que la cumplimos fielmente.
En Brujas con la tecnología del selfie stick

De ahí nos fuimos a París, que queda en un país llamado Francia. Recorrimos los lugares más típicos que todo turista recorre, y además tuvimos un lindo encuentro con nuestro primo Cristóbal que vive allá y nos llevó a recorrer lugares más alejados de los turistas y a hacer un picnic en un lugar donde la gente se sienta en la rivera de un río a tomar y comer. Algo así como si uno se juntara a carretear a la orilla del canal San Carlos, pero en un lugar ameno y sin miedo a que te asalten.
Recorriendo Versalles y sus impresionantes jardines

Con el primo Cristóbal tomando chela en el Canal Saint Charles

El viaje continuó a Roma, donde celebramos el cumpleaños 18 de la Antonia con una hermosa comida en la Piazza di Fiori y comprándole su primer copete legal. Tal como en París, recorrimos varios de los típicos lugares turísticos, lo cual me hizo acordarme a cada rato con mucho cariño y algo de nostalgia la primera vez que estuve allá, hace ya 12 años, con amigos que en su mayoría están demasiado pelados o gordos como recordar que fueron jóvenes. Desde Roma fuimos un día a Asís, uno de mis lugares favoritos con sus calles y construcciones medievales y sobre todo esa atmósfera tan especial que tiene. También me hizo recordar otro lindo episodio de mi juventud, cuando hicimos el musical “La Ópera de Asís” en la UC, que trataba sobre la vida de Francisco (y de otras 38 personas que vivían en Asís, así que era bastante larga). Nos acompañó a Asís mi vieja amiga romana Nicoletta, a quien conocí en ese primer viaje Roma, y que también nos invitó a comer a su casa con su familia una noche, así que tuve la oportunidad de chapucear mi pobre italiano y sobre todo gozar de una hermosa comida casera.

Estadio Nacional de Roma

En Asís con la amiga Nicoletta

Después nos fuimos a Florencia, donde se nos unió nuestro primo Benja Vicuña (que no tiene nada que ver con el actor famoso por sus actos de infidelidad y por haber estado casado básicamente con la mujer más bella del mundo). Florencia es otra de mis ciudades favoritas, y volver allí después de tanto tiempo fue también muy emocionante. Más aún, poder haber compartido con mis hermanos y primo chicos unos copetes en la plaza frente al impresionante duomo de Florencia. Desde Florencia hicimos un tour a las “Cinque Terre”, un grupo de pueblitos enanos y muy coloridos construidos a la orilla del mar de la Toscana que parecen de postal. De hecho, vendían muchas postales en las tiendas. Y después hicimos otro paseo por el día para visitar Pisa, con la famosa torre chueca y la impresionante explanada donde está la torre y la catedral. Eso sí, a estas alturas del viaje nos empezó a pasar que luego de visitar tantos lugares tan increíbles, la capacidad de sorpresa fue disminuyendo y también el número de selfies.

Con el Benja en Pisa. Ojo con la niña mensa al fondo sacándose la típica foto ñoña afirmando la torre. Estúpidos turistas

Dando mal ejemplo en la Piazza dil Duomo en Florencia

Un pueblillo como quien diría Iloca, pero en la costa italiana.


Pero ello no impidió que disfrutáramos enormemente el paso por Venecia, que pese al calor infernal, a la cantidad de turistas y a lo caro que era todo me dejó totalmente impactado. Sencillamente, una de las ciudades más bonitas y únicas que he conocido. Aprovechamos un día para ir a la playa, donde tuvimos la suerte de encontrar un lugar para echarnos gratis –porque en casi todas las playas había que pagar sólo por depositarse uno en la arena-.
Oh, Venecia

Cosas de Venecia

Después de Venecia nos fuimos rumbo a Alemania en tren. Tuvimos una breve parada en el viaje para conocer Verona, ver la famosa Arena de Verona y la “casa de Julieta”, que resultó ser bastante menos emocionante de lo que imaginábamos. Luego de varias horas en tren, donde pasamos por unos lugares espectaculares entremedio de montañas con paisajes tipo Heidi, llegamos a Bad Tölz, un pueblo del que nunca habíamos oído pero que resultó ser muy bonito. Ahí nos juntamos con la delegación de catecúmenos que venían desde Chile, y entre ellos venían mis padres, así que nos reencontramos en ese desconocido pueblecillo.

La razón para encontrarse en ese lugar fue que ahí nos unimos al grupo de catecúmenos que venían al encuentro de jóvenes con el Papa en Polonia, encuentro al cual obviamente mis padres se colaron y en realidad yo también, no sólo porque ya estoy algo pasado en edad (aunque no tanto como mis padres) sino porque no participo de las comunidades catecumenales desde el año 1978. Por lo mismo, no conocía a casi nadie de las 60 personas del grupo, pero eso no fue problema porque gracias a la intensidad del viaje –y a la intensidad propia del Camino Neocatecumenal- logré conocer rápidamente a buena parte del grupete. También estaban coladas mis primas huasas las Moyas, claro que ellas al menos son suficientemente jóvenes para participar de estas cosas.
Las Moyas y mi madre en el río Calle-Calle de Bad Tolz

Centro de Bad Tölz

En Bad Tölz estuvimos unos pocos días y alojamos en la casa de una muy amable familia –no los 60 del grupo pues, sólo 6 de nosotros, el resto se quedó en casas de otras gentes-. Desde ahí visitamos un par de lugares como Regensburg, una ciudad con un hermoso casco medieval y con la única iglesia que he visto dedicada a San Oswalt, y también conocimos el campo de concentración de Dachau, uno de los lugares más espeluznantes donde he estado. Pese a lo bonito de los bosques que ahora cubren algunos sectores, la carga del lugar es muy extraña, agobiante incluso.

Luego de un gran asado de despedida de Bad Tölz, con varios de los hombres alemanes ataviados en sus mejores trajes tiroleses, proseguimos viaje a la hermosísima ciudad de Praga. Estuvimos sólo un día pero eso alcanzó para recorrer buena parte del centro histórico, maravillarnos con la arquitectura, y para agarrarme con la recepcionista del hostal donde nos quedamos que era francamente inepta.

Praga es tan bonito que ni una foto le hace justicia. Pero aquí estoy con mis padres 

Partimos luego a Berlín, que me pareció bastante fea salvo algunos pocos edificios antiguos que quedan de la zona histórica, pero no me importó porque pude reunirme con mis buenos amigos Sergio “Chalo” Celis y Focus “Nacho” Viveros y compartir cervezas y caminatas por la ciudad.
Debo decir que la visita a Berlín y Dachau me generaron un nuevo respeto por el pueblo alemán. Una cosa es leer la historia, y otra muy distinta al menos para mí fue estar en esos lugares donde hay tanto testimonio y huellas de dolor, de guerra, de división. Nunca había caído en la cuenta de lo violento que es tener un muro dividiendo la ciudad en dos, y hasta no hace tanto tiempo. Y pese a todo esto, el país ha logrado levantarse y sobre todo, convivir en tranquilidad.

El viaje luego siguió a Polonia, el país con uno de los idiomas más extraños del mundo. Es muy interesante ver cómo, pese a que no hay fronteras naturales entre estos países, los cambios culturales son bastante notorios. Tanto Praga como Polonia me recordaron mucho a Sudámerica, en el sentido en que todo es un poco desastroso y las cosas funcionan al lote y pasan cosas tan mágicas como que un hostal con 200 camas en Praga sea incapaz de servir desayuno para 20 personas al mismo tiempo. No sólo apenas hablaban inglés, sino que cuando servían desayuno ponían 10 cubiertos, 6 panes, una botella de agua y una de leche para 25 personas. No había nadie del hotel para pedirle nada, y cuando se dignaban a aparecer -sin ningún uniforme ni nada que los identificara como staff del hotel, por supuesto-, traían nuevamente 5 panes y dos vasos. Y si uno les decía que éramos 25 y que faltaba comida para 20, llegaban luego de 10 minutos con 5 panes y dos vasos.

Así hubo varias situaciones, que me hicieron recordar esas actitudes tan profundas de nuestra cultura nacional del "sepa Moya" quién diablos va a solucionar las cosas. El problema es que en Checo (y menos en Polaco) el apellido Moya no existe, así que por supuesto nadie soluciona nada, y uno se queda en el limbo de la incomprensión. Y en todo caso, el único señor Moya que conozco no es el mejor ejemplo de dar soluciones prácticas y rápidas a los problemas -salvo temas médicos-, más bien sale con extravagancias como tapar una gotera comprando un piano de cola, o reemplazando la mesa del comedor por una tabla tan pesada que requiere dos yuntas de bueyes y 8 titanes del ring para moverla.

En Polonia pasamos por un pueblecillo llamado Poznán donde nuevamente nos acogieron amablemente familias locales, y luego por otro llamado Konin, donde el alcalde nos recibió con honores y nos dijo bellas palabras en polaco que por supuesto no entendimos. Ahí nos alojamos en una casa de retiro que más parecía hotel, al lado de un centro de peregrinación con una Basílica gigantesca situado al lado de un bosque donde se supone hubo una aparición de la Virgen y que hasta dejó una imagen -algo así como la de Guadalupe. En el lugar había una especie de circuito de Vía Crucis tallado en un cerro, que partía muy bonito  hasta que en el trayecto comenzaban a aparecer unas estatuas de tamaño real ilustrando escenas del Vía Crucis... Las estatuas eran tan espantosamente feas que estoy seguro que han hecho tambalear la fe de muchos con su horripilancia.

En el despacho del "presidente" de Konin. Es un alcalde, pero le dicen Presidente

Canuteando en Konin

Partimos finalmente a Cracovia, al encuentro con el Papa, donde una vez más salieron a relucir las maravillas de la cultura del despelote y la improvisación. Por supuesto que sacar adelante un evento donde llegan 2 millones de personas es muy complejo, pero la organización fue bastante terrible y ayudó aún más al caos. Valga agregar que gracias a mis habilidades con el inglés y sobre todo, a mi celular con internet y gps, ascendí de ser invitado de piedra a una especie de secretario del grupo, así que me mandaron junto con otros 5 hombres fuertes de avanzada en la van para reservar lugar en la explanada del evento. Obviamente las rutas de acceso cercanas estaban cerradas y no había ninguna señalización de qué hacer ni a donde ir, así que sólo pudimos estacionar el auto en un lugar indebido gracias a que entramos en reversa burlando a los militares que resguardaban la zona.
Ya instalados en nuestro fortín en medio de los 2 millones de personas, tuve la alegría de encontrarme con mi viejo amigo cura Cristóbal Asenjo, y con mi vieja amiga de Milwaukee Erin, a quien no veía hace como 10 años. La verdad es que todo el encuentro fue un poco volver en el tiempo hasta el último encuentro de jóvenes que fui (el 2005!), y ver lo que ha sido de mi vida desde entonces. Probablemente en ese entonces jamás me imaginé que dejaría una poco promisoria carrera de periodismo periodístico por una aún menos promisoria carrera como cantante y actor y menos aún que iba a hacerlo en Inglaterra. Y tampoco me imaginé que a los 33 años iba a volver a un encuentro de jóvenes con jóvenes 10 años o 15 años menores que yo. Pero como dijo alguna vez el filósofo y futbolista Francisco Murci Rojas, "yo no tengo por qué estar de acuerdo con lo que pienso". Fueron unos bonitos días de volver a reencontrarme con ciertas dimensiones de mi vida que tenía un tanto olvidadas, en resumen.
Con el Padre Cristóbal, ambos con un bronceado realmente fascinante oye. O quizás sea tierra. 

La noche siguiente la pasamos en un lugar de Cracovia que llamaron "Tent city", ya que era un lindo conjunto de carpas destinado a acoger a cerca de 10.000 peregrinos. Lo bueno fue que justo cuando llegamos el cielo se desató con una lluvia que nos mojó hasta los calzoncillos y muchas carpas se anegaron. Así que parte del grupo durmió en una especie de carpa gigante, mientras otros dormimos en un auto, como adolescentes luego de una noche de carrete tomando piscola sin hielo. Aunque en este caso, fue vodka sin hielo.

Luego de Cracovia partimos rumbo a Viena, donde el resto del grupo prosiguió camino de vuelta a Chile y con Ignacio y la Antonia nos quedamos una noche más. Recorrimos la ciudad -muy linda, elegante, donde los Burger King están metidos en antiguos salones de baile con lámparas de lágrimas-, y fuimos al Versalles de Viena y al zoológico, que resultó ser bastante espectacular. Incluso caminamos entre murciélagos sueltos en una cueva construida en medio de la sección del bosque tropical.



Regreso del selfie stick en los Jardines Reales de Viena.

Última selfie del viaje, turisteando en Londres.
Volvimos a Londres y los saqué a pasear por la ciudad, aunque ya la capacidad de sorpresa estaba bastante baja después de tantos lugares que conocimos. La despedida fue un poco triste obviamente, pero yo al menos viajé a Chile apenas 3 semanas después, así que no hubo mucho tiempo de echar de menos.

La de arriba es en Chicago, cuando me fueron a visitar en Milwaukee en 2005. La de abajo es en París, 11 años después. Todo lo que es la vejez, aunque ahora con unos cuantos kilos menos de M&M en el cuerpo.


En Chile aparte de ver a mis amigos y familia, tuve la bondad de pasar un 18 de septiembre en el país por primera vez desde 2012; si bien tampoco es como que lo echara demasiado de menos. No contento con haber estado en Chile en Septiembre, volví en diciembre para pasar la Navidad allá.
Para no seguir alargando esta larga edición viajera, puedo decir que mi vida en Londres no ha cambiado demasiado. Excepto por un importante cambio a un nuevo departamento con mis buenos amigos Molly y Colin, que ha aumentado mi calidad de vida en un 30%. Estamos en un barrio muy ameno y a dos cuadras de mis otros buenos amigos Berni y Chico (y Manolín, que a estas alturas es como un sobrino honorario), así que por fin desde que estoy en Londres me siento realmente en casa. Sigo con One Night of Rock que me ha hecho también viajar bastante (incluyendo una visita a Gales, que es técnicamente otro país aunque dentro del Reino Unido, aunque con esto del Brexit ya nadie entiende nada de qué va pasar) a pueblos y ciudades que jamás habría conocido si no, algunos muy bonitos, y otros muy no bonitos.

Amigo Pinilla que se le ocurre visitar Londres en el día de huelga del metro más espantosa de las últimas décadas.

Por último, con el coro Cantamusica (el mismo con que estuve en Abbey Road hace un par de años) tuve un concierto del musical "Joseph and the Amazing Tecnicolor Dreamcoat" haciendo de José, nada menos. Fue sólo un día pero estuvo bueno y sobre todo fue una buena forma de despedir a mis amigos Ale y Nico que se vuelven a Chile hoy después de un año y medio en Londres y de varias aventuras, incluyendo por supuesto el viaje a Marruecos, una subida a un juego terrorífico en un parque de diversiones navideño, y muchas veladas de buenas comidas y vinos. Buen viaje queridos amigos, nos vemos en Chile a fines de febrero, después de mi viaje familiar a España y Portugal.
Ah, y lo olvidaba: hace unos días hice una visita flash a la simpática ciudad de Cork en Irlanda para ver a Molly actuando en una especie de musical cómico de Cenicienta. Claro que la mitad de los chistes eran muy irlandeses y no los entendí.

                                                                                                                                     

martes, 15 de diciembre de 2015

Estamos bien a los 33

Primero debo aclarar que empecé a escribir esto en la víspera de mi cumpleaños, cuando cumplir 33 años todavía era contingente. Cuando estuve listo para publicarlo pasó el atentado en París y como fue una semana muy atiborrada de cosas en Facebook, decidí esperar un poco más, y luego entre el frenesí de las últimas semanas y las preparaciones para mi nuevo viaje a Chile, lo olvidé. Así que aprovecho que tengo una escala de 9 horas en Rio de Janeiro para subir esto por fin. Lo bueno de la demora es que estas últimas semanas pasaron cosas bastante interesantes que podré incluir en esta edición. Así que si aguantan hasta el final se toparán con un par de apasionantes anécdotas que incluyen encuentros cercanos con celebridades.

Antes que nada, pido disculpas por ser uno más de los oportunistas que en los últimos años han usado la famosa frase de los mineros adaptándola a sus propios intereses y/o falta de imaginación. Pero por otro lado, nunca más cumpliré 33 años, sobre todo yo que no creo en esas cosas de la reencarnación (y aún así, si la reencarnación sucediera y volviera a cumplir 33 años en otra vida, nunca lo podría saber, ya que uno no se acuerda de sus otras vidas a menos que le pague 50 lucas a un parapsicólogo para luego verse en vidas pasadas siendo caballero medieval, vikingo, faraón, o cosas por el estilo –por alguna razón, en todas las historias de regresiones que he escuchado las personas se ven como parte de la realeza de alguna civilización bien conocida, o viviendo en medio de idílicos paisajes en los Alpes o algún bosque salido de los libros de cuentos. Nadie se ve como contador auditor en el tedioso San Fernando de 1890, o como cuidador de los puercos de un anónimo señor feudal, o como un sastre deprimido y alcohólico en la fría Siberia de principios del siglo XVIII, ni menos como un limpiador de tubos del órgano de la iglesia de Etzweiler en el siglo XVI. O menos todavía, como simple recolector de frutos en alguna tribu desconocida de las selvas de Papúa Nueva Guinea. Y por ningún motivo, como tramoya del teatro de Tulsa, Oklahoma en los 1800. No señor: nadie se ve haciendo oficios mundanos y aburridos, como los que ha realizado el 98% de la población mundial desde el inicio de la humanidad. Espero en todo caso no haber ofendido a nadie con esta reflexión. Si es así, les recuerdo que yo mismo soy un hombre muy religioso y tal vez ocuparé este espacio en el futuro para burlarme de mí mismo. En fin, ya es hora de volver a lo que estaba diciendo en un principio, y de cerrar este paréntesis. Ahí va: ).

Decía que no volveré a cumplir 33 años, y nunca más podré usar la frase de los mineros con tanta propiedad. Así que ahí está. Demás está decir que cuando era adolescente ya llegar a los 30 parecía una eternidad, de hecho cuando nació mi hermana Antonia yo tenía 15 años, y pensaba “cuando ella cumpla mi edad de ahora, yo voy a tener 30, qué vejez!”. Ahora ella tiene 17, y yo ya hace tres años pasé el límite que me autoimpuse como vejez. Probablemente en esa época creía que a los 33 ya estaría casado, con hijos, una casa, un trabajo decente, y tal vez un hámster porque no me gustan los perros. Sin embargo, la vida me encuentra soltero, sin hijos, arrendando una pieza en un departamento en Londres con una distribución diseñada por un chimpancé, e intentando ganarme la vida como actor (o sea, trabajo no decente). Y mi única mascota es una mosca enana que vuela en mi pieza… me aburrió la mosca, así que la maté y me quedé sin mascota.

Aun así no me quejo, porque por otro lado sigo viviendo en Londres, trabajando (o al menos intentándolo) en algo que me apasiona, y aprendiendo muchas cosas sobre teatro, música, y sobre la vida en general. Como ya he dicho en alguno de mis berrinches anteriores, vivir afuera le da a uno cierta distancia de las cosas, permite ampliar la mirada y salirse de muchos moldes y estructuras mentales que uno inevitablemente desarrolla cuando crece y vive siempre en un mismo lugar.

Con mi torta personal

Como última reflexión sobre cumplir 33, puedo decir que he llegado a la edad de Cristo sin acercarme en absoluto a ninguno de sus logros ni virtudes ni carisma ni nada, salvo en el largo del pelo, que sumado a la barba ha hecho que algunos colegas del aeropuerto ahora me llamen “Spanish Jesus”. Por lo mismo, me inspiré en ese gracioso sobrenombre algo racista (porque en cierta forma implica que no soy lo suficientemente blanco como para ser llamado simplemente “Jesus” según los estándares ingleses, que imaginan a Jesús con tez muy clara y pelo idealmente castaño claro; incluso una vez vi en EEUU una Biblia para niños con ilustraciones de Jesús ¡rubio!, como si fuera Thor, el Dios nórdico del trueno) para mi disfraz de Halloween, que además calza con mi cumpleaños así que tal como desde que llegué a Londres, mis amigos londinenses me organizaron un cumpleaños/Halloween muy simpático en el que tuve que tomar con moderación porque me pareció impropio tener a un Jesús ebrio en la fiesta.



Con respecto a mi vida en los últimos seis meses, puedo decir que las cosas siguen más o menos parecidas a la última vez que escribí. Sigo con el show de rock (que ahora se llama ‘One Night of Rock’), y he seguido conociendo lugares simpáticos alrededor del Reino Unido. También tuve un par de nuevas grabaciones en Abbey Road con el coro Cantamusica, y he seguido audicionando para distintos asuntos. En junio tuve un casting para un comercial de afeitadoras Philips del cual salí convencido que había sido el peor casting de mi vida –me pasaron una escena para aprenderme antes de entrar, y una vez adentro, la persona que hizo la escena conmigo dijo cualquier cosa menos lo que estaba en la página y yo me paralicé sin saber qué hacer, y luego de 45 segundos me dijeron muchas gracias hasta luego-, y mientras caminaba frustrado de vuelta a la casa me dije que nunca más iba a audicionar para comerciales. Por esos sinsentidos de la vida, a los pocos días me llamaron  para darme la pega. Al parecer al director le gustó mi reacción de quedar paralizado. Lo bueno de hacer comerciales es que uno trabaja un día y te pagan lo mismo que gana Alexis Sánchez en 5 minutos, pero que igual es buena plata. Eso sí, el comercial por alguna razón no se usó, así que no podré compartirlo ni siquiera conmigo mismo.

Un jocoso workshop para un musical con la gran directora Jo Davies


Aparte de eso, empecé a trabajar para otra compañía que pone staff en eventos, y me ha tocado hacer las mismas pegas de mozo y cosas por el estilo pero por plata decente, en eventos harto mejores, con gente muy millonaria que paga fortunas para que los canapés sean servidos sobre pétalos de rosas, o para comprar lujosos chaquetines para los 30 mozos sólo para la ocasión. Y no es chiste. También me han salido algunas pegas sorpresa cantando en eventos; hace algunas semanas me tuve que disfrazar de Fantasma de la Ópera y cantar en una premiación de una escuela de teatro musical para niños.

Como siempre, en estos meses he padecido visitas ilustres, como la de mi entrañable primo de tercer grado Ernesto y mi cuñada de tercer grado Jesu, con quienes recorrimos museos, parques y calles de barrios desconocidos en bicicleta. Luego vino mi ex camarada de periodismo y bachillerato Tomás Pollak, junto a su señora Caro y a su hija que yo no sabía que existía y por eso no los reconocí en un principio cuando los vi en la calle con un coche. También estuvo por acá mi viejo amigo Panchuco (aunque después de años de amistad me vine a enterar que no le gusta que le digan así, así que lo llamaremos Francisco), con quien también compartimos gratos momentos aunque no sacamos ninguna foto. Y con esto del mundial de rugby, recibí la visita de un senador de la República que, cansado de hacer fechorías en Chile, se vino a descansar y gastar sus millones viendo el rugby. Sin embargo, no le di mi número de teléfono así que gracias a Dios no nos topamos.

Visita de Panchuco sin Panchuco en la foto


Además de estas visitas temporales, hace unos tres meses mi vieja amiga Ale Hahn (vieja porque nos conocemos hace unos 22 años, y sobre todo porque ya está un poco vieja) llegó a Londres a vivir con su amable novio llamado el Caluga, así que no me ha faltado compañía chilena, y por ende mi inglés ha empeorado en un 15%.

Un capítulo interesante de estos meses fue la experiencia de vivir la Copa América desde acá. Como todos ustedes sabrán, soy un gran hincha de cartón del fútbol, que sigo a mi equipo o a mi selección fielmente cuando las cosas van bien, y pierdo el interés cuando van mal. Y como actualmente el caso es que –casi por primera vez desde que tengo uso de razón- la selección chilena juega bien, he sido un fiel hincha. Por la diferencia horaria, todos los partidos de Chile en la copa empezaban pasadas las 12 de la noche, así que vi los dos primeros en mi computador en algún sitio trucho de internet acostado en mi cama, pero a partir del tercero empezamos a ir con el Shico y otros chilenos a un bar llamado “El Comandante” (así, en español), en homenaje al Comandante Che Guevara. El dueño es un señor boliviano muy gracioso, que abría su local pese a que por ley los bares cierran antes de las 12 en la semana. Así que tenía que apagar casi todas las luces, y no nos dejaba gritar muy fuerte para no alertar a los vecinos o al FBI. Por supuesto no tenía TV cable, así que para mostrar los partidos se conectaba a los mismos sitios truchos de internet que usaba yo.

La final, que fue a un horario más decente, la vimos en otro bar más grande que se repletó de chilenos, tanto que junto a mi buen amigo y también ex camarada de periodismo y bachillerato Jorge Díaz nos quedamos justo afuera de la puerta para no respirar el olor a rodilla que había dentro de ese antro. Demás está decir que después del penal de Alexis todo fue jolgorio y abrazos y chilenos gritando en la calle.

En lo personal, sentí el extraño vacío de por primera vez no perder y ganar algo importante. No sabía qué hacer con la sensación de triunfo, sin el peso de otra derrota más. En todo caso, fue emocionante vivir esta situación inédita rodeado de chilenos, aunque sólo conocía como a cuatro o cinco.

Poco después de estos felices hechos, viajé a Chile por tres semanas, con la excusa del matrimonio de mi primo Albert y en menor medida porque hacía más de un año que no iba.  Como las anteriores veces que he vuelto al país, fue también una buena oportunidad para ver a mi familia y a los buenos amigos que se echan de menos estando fuera, y también para organizar reuniones para que estos amigos se vuelvan a ver entre ellos, ya que si yo no organizo algo estos vacas no se juntan. A algunos amigos que quería ver no los alcancé a ver, pero en compensación a otros que no quería ver bajo ninguna circunstancia tampoco los vi.

El matrimonio de Albert estuvo muy simpático y además en la fiesta pude cantar algunos viejos hits del rock junto a mi antigua banda Xtenso, lo cual me valió la admiración de muchas señoras presentes.

Con mis padres en el matri.


Para ir cerrando, en las últimas semanas tuve dos episodios bastante graciosos e inesperados. El primero una pega que me salió a través del coro Cantamusica (el mismo de Abbey Road), en la que necesitaban al coro de niños, más un tenor y un barítono, para salir como extras cantando en una película. No sabíamos qué película era, pero a juzgar por los vestuarios que nos dieron (unas capas negras con capucha) pensábamos que podía ser un documental para la BBC o algo por el estilo. Estuvimos todo un día sentados en el lugar de grabación sin hacer nada –salvo comer, y bastante bien gracias al catering de la producción-, y recién al segundo día nos tocó entrar al set de filmación, que era una especie de gran templo masón. Aparte de nosotros habían como 200 extras con sus capuchas, y un actor principal ensayando la escena que era entrar a la cosa por el pasillo, llegar hasta el altar y dar un discurso. Cuando por fin empezó la filmación, entró el actor real, que no era otro que Jeremy Irons, y casi me oriné. Poco después entró Michael Fassbender a la escena, y caímos en cuenta de que estábamos en una hiper mega producción cuyo nombre no puedo revelar, pero que tiene las iniciales Assassin’s C., o más bien A. Creed. Lo más gracioso es que hacia al final de la canción tengo un par de líneas solo, así que en una de esas aparezca mi voz en la película. Aunque en estas cosas uno nunca sabe. Tendré que esperar al estreno de la película el próximo año para saber.

Lo otro fue un evento en el que trabajé la semana pasada como mozo (en realidad, como encargado de guardarropía), y que fue una de las situaciones más surrealistas que he vivido. Era una fiesta privada en un departamento en el centro de Londres, donde me advirtieron que podrían llegar famosos, sobre todo políticos, y de hecho así fue. Pero además llegó un desfile de celebridades, y me vi en la absurda situación de recibir las chaquetas y conversar brevemente con gente que uno ve en las películas o en la alfombra roja de Hollywood. Lamentablemente firmé un contrato por el que no puedo publicar detalles en internet, pero al que me invite una cerveza en Chile puedo contarle con qué personajes me topé.


Y para terminar, tuve recientemente días la alegría de compartir con mis queridos Berni y Shico la llegada de su hijo Manuel, hace 10 días. Tener al enano en brazos fue ciertamente más emocionante que ayudar a Hugh Grant con su chaqueta, o a Rupert Everett a usar su celular, o a Ian McKellen encontrar sus cigarros perdidos. Bah, se me salió.

Postal de Chile: blanca navidad con 40 grados de calor. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Welcome to real life

Es una maravilla que la última vez que publiqué algo en este blog fue hace unos 10 meses. Más maravilloso aún son mis intentos fallidos por terminar de escribir. Esta es al menos la tercera vez que cambio el número de la primera frase de este párrafo: la primera vez que lo hice decía “6 meses”, la segunda “8 meses”, así que espero ahora terminar de empezar de una buena vez.

En fin. Han pasado tantas cosas en estos 10 meses que no sé por dónde empezar. Probablemente lo mejor será hacer un pegoteo con todos los intentos que hice por empezar a escribir esta cosa y que nunca terminé.  Porque, en efecto, mi intención era actualizar este blogz hace un buen tiempo para que mis 8 fans no tuvieran que esperar tanto tiempo. Pero las vicisitudes, ocupaciones, pesares, alegrías y pesares de este tiempo me han mantenido tan ocupado que no he tenido el tiempo, la energía, la imaginación o el aplomo de sentarme a escribir en mi fiel computador.

En fin, regresemos en el tiempo a fines de Julio de 2014, en mi primer intento por escribir este asunto, cuando aquí el verano vivía sus últimos estertores antes de sumirse en una lenta agonía:

Verano de 3 semanas
En realidad, 6 semanas, para ser justos. Desde enero-febrero de 2013 que no tengo un verano decente, con días de sol, olor a traspiración que sobrepasa el desodorante, y tantas bondades de nuestro verano en la Región Metropolitana de Santiago. La última vez que escribí aquí, hace tres meses, la primavera londinense estaba recién apareciendo, con los primeros días de sol y algo de calor para los estándares de acá (o sea, salir sin chaqueta, y si se anda de suerte, con el polerón en la mano). Ahora el verano es cosa del pasado, de hecho hace más de un mes el clima volvió a su nubosidad habitual, si bien todavía las temperaturas no bajan taaanto.

La brevedad de mi verano se vio extrapolada por mi visita a Chile de tres semanas en pleno julio: las tres semanas más soleadas en Londres, y pleno invierno en Santiago. Pero basta de clima y vamos a cosas aún menos interesantes.

En mi última publicación, quedé ad portas de terminar mis clases y comenzando a ensayar para la obra La Tempestad. Lo cierto es que, luego de un año fantástico en la escuela, nuestra última actividad como curso resultó ser la menos fantástica de todas; de hecho, fue un tanto terrible. El cuento corto es que la última unidad tenía como objetivo llevar la performance de teatro musical a espacios no convencionales –como por ejemplo, la calle. Para esto, nos asociamos a un par de “artistas conceptuales” que junto a un señor que nos vendió la pomada desde principios de año, tenían un proyecto que tenía que ver con el reciclaje de pantys, y armaron una pelota del porte de una pelota saltarina (qué simples eran los juguetes a principios de los 90s… una pelota con cachos para saltar, de marca Otto Krauss. Qué lindos tiempos) echa de puras pantys.

El proceso de trabajar con esta gente fue bastante latero, y el resultado final no fue muy ameno. De hecho, no dejó a nadie de nosotros muy feliz, pero bueno, fue de esas experiencias donde uno aprende que hay experiencias de las que uno no aprende nada. Sin embargo, al menos tuve la oportunidad de trabajar de cerca con mi grupo que en este caso fueron mis queridos colegas Amy, Danni y Jordan, con quienes pese al sinsentido reinante lo pasamos bien haciendo el loco.

Paralelamente, mientras ensayábamos para la performance esa, estuve ensayando para The Tempest. Los ensayos eran en una Iglesia que tenía un bello cementerio alrededor, y como los días estaban bonitos hicimos algunos ensayos entre las tumbas. El momento más emotivo del proceso fue, luego de nuestro ensayo general con público y a dos días de partir la temporada oficial, cuando la actriz que estaba haciendo de Próspero (el personaje principal) se tuvo que salir porque no logró aprenderse bien el papel. Así que a última hora, entró un actor que había hecho el rol hace algunos años, y algo se acordaba.

Bajando al teatro

Escenario y algunas graderías del teatrito


Partimos en tren al teatro Minack, que queda en la punta sur oeste de Inglaterra, a unas 5 horas de Londres. Llegamos y el día estaba fenomenal, el teatro es realmente increíble, construido en un acantilado, al aire libre, tallado en la roca, con vista al mar… uno de esos lugares que es difícil describir y en los que hay que estar para comprender su real majestuosidad. El día que llegamos se nos unió Alan Cox (el nuevo Próspero), hicimos un par de pasadas, y ya al día siguiente empezamos con funciones. Fueron seis días de funciones, dos de ellos con presentaciones en la tarde y en la noche, y fue en realidad la mejor forma de tener mi primera experiencia profesional en Inglaterra. Si alguien hace un año me hubiera dicho que iba a trabajar actuando Shakespeare en inglés, ni me lo habría soñado; menos aún que iba a actuar en un teatro al borde del mar, con todas las funciones repletas con más de 800 personas pese al sol, al frío de la noche, o a la lluvia del último día. Realmente fermoso. Y cada noche después de función íbamos al pub del pueblo –sí, el único pub del pueblo, es muy chico- a tomarnos unas cervezas y qué se yo. No puedo más que agradecer enormemente la oportunidad, y a Emma (mi directora) por haberme invitado a trabajar en esto.

Mi camarín
Paseando por los alrededores del Minack con mi amigo irlandés
Apenas volvimos a Londres, tuve el “Summer ball” de mi escuela, o “baile de verano” para los iletrados. Fue bastante chistoso, estaban la mayoría de mis compañeros y lo pasamos fantásticamente, habían unos travestis de dos metros con grandes tacos repartiendo shots de tragos gratis –lo cual en este país es un lujo (los tragos gratis, no los travestis con tacos)-, haciendo de la fiesta un momento aún más jolgorioso. Aunque las fotos puedan dar a entender que fue una noche de desenfreno, lo correcto es decir que fue una tarde más bien, ya que el carrete partió a las 7 y terminó a las 11.30. Así se carretea en Londres, caramba.

Fotos de la fiesta dentro de un kiosko donde caben 2 personas

No sé qué está pasando en esta foto




Y sólo un día después, partí de vuelta a Santiago. Me bajé del avión a ensayar con el coro para el matrimonio de mi querida prima Dani, que estuvo a todo cachete, pese a que la diferencia de 5 horas y la costumbre inglesa de carretear hasta temprano me tenía medio muerto a las 11 de la noche en Chile. Fue muy lindo ver nuevamente a mis primos, tíos, abuelos y parientes varios, sobre todo algunos que no veía hace mucho tiempo, como mis viejos primos de decimo cuarto grado Ernesto y Cristóbal.

El resto del tiempo en Chile lo dediqué a juntarme con varios de mis viejos amigos, y una buena parte la gasté tratando de sacar nuevamente mi carnet de identidad y el de manejar. Perdí tres mañanas en filas interminables, literalmente interminables porque al final no logré sacar ningún carnet y tuve que irme con el rabo entre las piernas, unas piernas sin identificación ante el Estado de Chile.

Los primos Iturriaga más algunos impostores


No me importa sonar como los amargados que encuentran que todo en Chile funciona pésimo y que afuera todo es mejor, ya que en realidad, siempre lo he sido. Pero obviamente vivir afuera da una cierta perspectiva y permite apreciar los contrastes, y las dos veces que he vuelto a Santiago en este último año se me hace una ciudad más difícil de aguantar. Aparte del insultante Transantiago –que obliga a preguntarse qué diablos han hecho las autoridades de Transporte en el país para que NADA mejore en los últimos años-, aparte de los tacos, de las siniestras notarías, de las burocracias, me da la impresión de una ciudad cada vez más agresiva. Desde gente cualquiera que uno se topa en la calle, te empuja o te toca la bocina porque sí, hasta personas que uno creía cercanas –como tristemente me tocó presenciar-, pueden transformarse en verdaderos energúmenos. O  en que pase impune que te cobren ¡10 lucas por dos horas de estacionamiento! en un lugar como la Plaza Ñuñoa (espero que su brillante alcalde esté orgulloso de que estacionarse ahí sea más caro que hacerlo en Londres), o…”


Eso en cuanto a mis escritos inconclusos. No sé qué habré querido decir después de ese “o”, pero ante la desvergüenza nauseabunda de los últimos acontecimientos en el país y que todos conocemos, prefiero no echar más leña al fuego ni contribuir a la depresión de mis lectores. Sólo diré que en estos momentos me alegro mucho de estar fuera de Chile y vivir en otro país con una política similarmente podrida, pero de la cual entiendo poco y nada. En todo caso, pareciera ser que por estos lados las autoridades y poderes económicos son un poco más pudorosos al momento de robarse el país, y el estado proporciona algunas cuantas seguridades más que en Chile al ciudadano de a pie.
Ahora intentaré relatar en forma breve, amena y rectangular la etapa siguiente, que básicamente consiste en mi salto del lugar cómodo y tibio de la escuela, al incierto mundo del actor cesante en busca de la supervivencia en una ciudad extranjera, y sin una madre presidenta que me facilite un préstamo de 6.500 millones de pesos.

Siempre es un placer recibir la visita de viejos amigos.

Aunque antes de dicho salto, tuve un período de cómo un mes de terminar mi tesis de magister. Empecé la investigación antes de viajar a Chile, aunque esa investigación consistió en sentarme en la biblioteca de la universidad, hojear libros que podían servirme y anotar sus nombres en un papel. De vuelta en Londres, profundicé dicho método de investigación anotando los nombres ahora en el computador, y luego dedicando buen rato a observar la pantalla esperando que la tesis se comenzara a escribir. Este método no dio los resultados esperados, y debí tomar el toro por las astas y empezar a escribir yo mismo. Intenté hacerme una rutina diaria de ir a la escuela a trabajar, sin embargo, como ha sido una constante en mi vida creativa, intentar trabajar en el día con el sol brillando en el exterior fue un fiasco. Así que asumí mi realidad y por un par de semanas viví de noche hasta terminar mi tesis. Con la ayuda de mi brillante profesor guía Zach Dunbar (uno de los tipos más geniales que he conocido en mi vida), llegué al título final que es “How local can you get? Assessing the convergence of text between Chilean song and English-speaking Musicals”. Para los peleles, esto se traduce como “¿Qué tan local se puede llegar a ser? Análisis de la convergencia del texto entre la canción Chilena y el Musical de habla inglesa”. Ahora que lo traduzco al español, el título suena bastante más enredado de lo que pensaba. Básicamente, mi tema fue analizar ciertas características del teatro musical tradicional (o sea, anglosajón) y ver cómo se pueden combinar con elementos chilenos para crear un teatro musical chileno que sea realmente local y no sólo una mera copia de fórmulas extranjeras.
Eso, en líneas generales, fue mi tesis de magíster, que entregué la segunda semana de Septiembre. Fue un proceso intenso, donde aprendí mucho, y si fuera una persona organizada podría haberlo terminado sin trasnochar y con algo de mayor maduración en el tiempo, pero dentro de todo quedó bastante decente. Tan así que saqué (al parecer) la mejor nota del curso, lo cual habla o muy bien de mí, o pésimo de mis compañeros que fueron superados por el estudiante extranjero que ni siquiera habla inglés.

Graciosamente, esta investigación también me llevó a apreciar con nuevos ojos la genialidad de algunos de nuestros autores chilenos, sobre todo Víctor Jara y la Violeta Parra. Lo cual también se vio reforzado gracias a nuestra bandita de música chilena con la Berni Batlle, y el Shico. Tuvimos un par de tocatas simpáticas para el 18 de septiembre en un par de “fondas” chilenas en Londres, aunque luego este par de desgraciados se fueron a Chile por tres meses.

Coincidiendo con el final de mi tesis, empecé a ensayar para un pequeño musical, parte de una muestra de obras del magister de composición de teatro musical de la U. de Goldsmiths. Llegué ahí por un casting y me dieron uno de los roles protagónicos; fue una experiencia bien corta pero muy simpática igual, conocí algunos seres muy buena onda y también fue un interesante aprendizaje sobre la creación de una obra musical acá, cómo se arman ciertas cosas, cómo no se deben hacer otras, etc. También por estos días llegó la Jesu a Londres a empezar el mismo curso que yo, lo cual hizo que disminuyeran considerablemente mis ratos libres.

Terminado este musicalcillo (a fines de septiembre), comenzó por fin mi caída libre al mundo real. Me puse a buscar pegas en diversas cosas, desde restoranes hasta tiendas de tarjetas, y también algunas audiciones, sin mucho resultado. Tuve un breve respiro con la breve pero linda visita de mis padres, que estuvieron cuatro días por acá. Aproveché mi cesantía para sacarlos a pasear por Londres, conversar de la vida, vimos un par de obras, y fuimos a restoranes invitados por mi padre, lo cual en esta ciudad tan carera se agradece con el corazón de la billetera.

Con mi madre en la catedral de Westminster


Luego de que se fueron, seguí con mi búsqueda hasta que logré conseguir un trabajo en el duty free del aeropuerto de Heathrow como una especie de promotor/vendedor. El problema fue que como para trabajar en el aeropuerto piden una cantidad de antecedentes absurda, me demoré más de un mes en empezar a trabajar. En el intertanto, trabajé de extra en un video corporativo (en un video tan absurdo que no compartiré aquí), y en un call center donde trabajan casi puros actores desempleados, y que es uno de los lugares más horrendos que he conocido. Tuve dos días de “training”, y ya al tercero tuvimos que empezar a llamar. Mi pega era tratar de vender –en realidad, embutirles a la fuerza- “planes de vinos” a gente que alguna vez hace años había comprado una botella en el sitio web de la empresa. Si usted, amigo lector, me conoce un poco, sabrá que soy un hombre de pocas palabras (al menos cuando estoy sobrio), más aún con gente que no conozco, y peor aún, hablando en inglés. Es decir, no puedo imaginar un peor vendedor por teléfono que yo. Duré tres horas y renuncié. Oh, y he seguido trabajando como extra en una que otra película, serie, o incluso como público en el nuevo Guitar Hero. 
Trabajando de extra. Tuve que afeitarme in situ, todo por el miserable y delicioso dinero.


Por otro lado, conseguí mi primera pega profesional en el mundillo musical, en un show llamado “Rox Vox”, una especie de concierto tributo a grupos de rock de los 70s y 80s, con presentaciones en distintos lugares de Inglaterra. Claro que empezamos a ensayar recién en enero, así que noviembre y diciembre los pasé aprendiéndome las letras de las canciones, trabajando ya en el aeropuerto, y también en otra pega musical que conseguí, en un coro llamado London Cantamusica, con el que tuve el lujo de grabar unas canciones nada menos que en los estudios de Abbey Road.

Entrada a Abbey Road

La misma entrada pero en 1969


Para los lelos, este estudio de grabación es uno de los más famosos del mundo, y donde está la famosa foto de los Beatles cruzando la calle (y hasta el día de hoy, gente incauta se sigue sacando fotos en el mismo paso peatonal, creando un caos vial en una calle que no tiene ningún brillo. Es básicamente un barrio residencial, como sacarse una foto en Pocuro con Pedro de Valdivia. Claro que en vez de lanzas, aquí hay turistas japoneses; en vez de quiltros, hay zorros de cola roja; en vez de guarenes, hay ratones que se bañan y se peinan los bigotes). Entrar a ese estudio y ver fotos de todos los próceres que han grabado en ese mismo lugar, comido en ese mismo casino y defecado en ese mismo baño, fue bastante emotivo la verdad.

En el Studio 2 de Abbey Road


Esto fue a fines de noviembre. Por esa misma fecha, me sorprendió la noticia de la muerte de mi abuelo Carlos (aunque nadie le decía así, era el Papo, o simplemente el Pelao). Quizás uno de los mayores temores/dolores que causa el estar lejos por tanto tiempo es justamente la posibilidad de no volver a ver a uno de mis seres queridos, y bueno, fue bastante duro pasar ese momento lejos de mi familia y de mi mamá. Pero gracias a la tecnología pude estar ahí por Skype y mandando un par de canciones en homenaje al viejo.

El Papo, fanático de la UC, con sus yernos y nietos, todos de la U, celebrando el campeonato Azul de 1999.


Diciembre se pasó rápido trabajando en el aeropuerto y ensayando con el coro para nuestra presentación de principios de enero. Además, tuve la ceremonia de graduación de la universidad, con los típicos sombreros y túnicas ridículas. Lo mejor es que estábamos obligados a arrendarlos, por supuesto a un único proveedor que tenía la desfachatez de cobrar 50 lucas por arrendar esa túnica y sombrero por tres horas miserables. Pero en fin… fue un lindo momento de compartir con mis compañeros última vez como curso, y también cantamos en la ceremonia y tuvimos la oportunidad de estrechar la mano del señor que es el rector de la U. of London (no nos entregaron diplomas, así que literalmente la ceremonia se trataba de que cada estudiante estrechara la mano de ese señor con cara de sáquenme de aquí). La ceremonia fue en el mismo teatro y escenario donde pocas semanas antes fui a ver al gran Art Garfunkel, que a sus 128 años sigue cantando tan hermosamente como siempre. 

Algunos lelos de mi curso

Más lelos aún

Lanzando los sombreros más caros del mundo



Para Navidad, fuimos con la Jesu a la casa de sus tíos en Niza, que nos recibieron hermosamente y nos alimentaron aún mejor. Fue la primera Navidad en 32 años que paso lejos de mi familia, por lo que fue un poco raro, pero nos trataron tan bien que igual me sentí como en casa. Además paseamos por Niza y sus alrededores, entre ellos Mónaco (que es como un hotel hecho ciudad) y San Remo (para los indoctos, queda muy cerca de Niza, pero en Italia), que pese a su encanto italiano, está bastante a mal traer en comparación a las ciudades francesas. Conocimos muchas ferias navideñas, con unos niveles de decoración bastante impresionantes: en la de Mónaco, por ejemplo, armaban un pesebre de tamaño natural y con monos animatronics sobre los techos de los locales de la feria, junto con representaciones del viejo pascuero y su séquito de renos y enanos, e incluso animales de las distintas regiones del mundo, entre ellos, fauna de los polos, incluyendo osos polares, pingüinos, morsas y hasta una ballena. Sí, una ballena en Navidad. Porque los cetáceos barbados también esconden regalos debajo de un pino de plástico y comen un pavo y caminaron a lomo de camello por el desierto de Palestina para adorar al niño Jesús.

Pesebre sin presupuesto en Mónaco
Porque no hay Navidad sin pingüinos ni ballenas
Castillo navideño en la Plaza de Niza


A propósito del Viejo Pascuero, quiero invitar a una pequeña reflexión navideña en pleno mes de mayo, de algo que me percaté pasando la navidad en Francia. Chile es el único país del orbe donde el personaje tiene ese nombre tan horrendo, además de inexacto (ya que hace referencia a la Pascua y no a la Navidad!!). En el resto del mundo se le llama o San Nicolás (y todas sus derivaciones, como Santa Claus), o bien Papá Noel (Père Noël, Babbo Natale, o sea, “Papá Navidad”). En los países nórdicos, influidos por su mitología, se le conoce como “duende de Navidad”. Desconozco cómo le llaman los cetáceos barbados, pero seguramente hasta ellos son más razonables que nosotros en Chile.

En fin. Junto con vaciar nuestro Congreso Nacional y llenarlo con chimpancés (que de seguro harán mejor la pega que nuestros parlamentarios actuales, sin corrupción y sin esos cobrar sueldos estratosféricos), propongo un movimiento nacional por re-bautizar al pobre hombre de la Navidad, que es conocido con nombres cariñosos en todo el mundo menos en nuestro país.

Otra linda tradición navideña francesa que conocimos fue los increíbles pesebres que ponen en las iglesias, que básicamente reproducen un pueblo entero de la Provence francesa, con todos sus personajes y oficios típicos, y en medio del pueblo, el pesebre. Pero sin duda lo más lindo fueron los cantos de la misa de Navidad, donde como buenos amantes de la buena mesa, los franceses hacen referencia a su gloriosa gastronomía. Como en este estribillo que reproduzco a continuación:

Un enfant est né, bergers, réveillez vos bêtes
Un enfant est né, bergers, venez a la fête!

Que en español sería algo así:

Un infante es un nene, hamburguesas, rebélense ustedes betarragas
Un infante es un nene, hamburguesas, vienesas y el filete!

Bueno. Esa fue la Navidad. Volvimos a Londres después de año nuevo y llegué de cabeza a ensayar para Rox Vox, y también a la función de Epifanía que hicimos con el coro Cantamusica de la ópera Amahl and the Night visitors, una especie de ópera corta navideña.

Ensayar para Rox Vox fue un hermoso placer, ya que es un concierto con muchas de mis canciones favoritas de mis grupos favoritos, así que meterme a una sala de ensayo y cantar Queen, Led Zeppellin o AC/DC entre otros y que me pagaran por eso fue bastante gratificante. Y más aún, el grupo que se armó es muy buena onda; somos cuatro cantantes, dos hombres y dos mujeres, todos ellos con harta experiencia así que ha sido un aprendizaje muy grande para mí trabajar con ellos. Además de ser muy talentosos y grandes compañeros de pega: realmente un gran regalo. Tenemos además una banda de 5 chiquillas, probablemente las mujeres más rockeras que he conocido en mi vida, muy secas y también muy buena onda. El show tiene además hartos vestuarios, luces y rayos láser así que tiene toda la estética de un concierto de rock ochentero. Hasta ahora nos hemos presentado en varios pueblos y ciudades en el norte de Inglaterra y Escocia, que es como ir al sur de Chile, donde la gente suele ser más cálida y receptiva, así que al final de cada presentación terminan todos cantando y bailando, con señoras de la edad de mis abuelas agitando la cabeza y gritando “Hiiiiighway to hell!!”. Un lujazo. Y al final de cada función nos saludan muy cariñosamente, se sacan fotos con nosotros, hasta nos piden autógrafos, así que por un rato me siento como un rockstar de pueblo chico.

Mi hermoso team de Rox Vox
 
Rockeando en algún rincón de UK
Eso sí, tuvimos varias funciones en enero y febrero, una en marzo y ahora estamos en stand by hasta junio, así que estos últimos casi dos meses han sido un poco fomes en cuanto a pega. Tuve que buscarme otro trabajo para complementar el del aeropuerto, así que me puse a trabajar en una agencia que pone staff en eventos de toda índole. Me ha tocado hacer de mozo, trabajar en el bar, guardarropía, armar y desarmar mesas, y una serie de tareas no muy gratas (una vez me tocó pararme al lado de un vómito para evitar que la gente lo pisara. Fueron 20 minutos deliciosos), usualmente en jornadas largas y pagadas no muy bien, y con jefes que a veces te tratan como a un orangután o mejor aún, un pez luna un con retraso mental. Cuando alguno de estos tipos pedantes me empieza a explicar cómo doblar una servilleta o limpiar un vaso como si yo fuera un perfecto zoquete, no puedo evitar pensar para mis adentros que tengo un Master y un conocimiento asombroso sobre la fauna marina. Pero luego suspiro y me consuela pensar que muchos de los que trabajan ahí poniendo la mesa conmigo son también graduados de carreras, masters o incluso doctorados de disciplinas inútiles como teatro, literatura, cine o incluso ciencias de la computación.Pero bueno, hay que sobrevivir de alguna forma en esta ciudad. También he seguido yendo a audiciones, algunas de comerciales, otras de teatro, y ahora estoy a la espera de los resultados de una bastante interesante que tuve la semana pasada.

Cosas que uno puede comprar en Londres


Para ir cerrando esta larga edición, valga decir que desde hace unas tres semanas el invierno empezó a retroceder –al fin!-. Debo reconocer que entre el frío, los días tan cortos, y las pegas fomes me empecé a deprimir un poco, pero ya a fines de marzo empezó a salir más el sol, y hasta puedo darme el lujo de salir a la calle sin chaqueta. Y hace un mes me cambié a una nueva casa en un barrio muy simpático con unos tipos que estudiaron en Central (aunque no en mi mismo curso), luego de deambular por varios lugares en los últimos casi seis meses, así que eso también ha sido una parte positiva de este último tiempo. Como detalle casi gracioso, al frente de mi casa hay una plaza, y en la mitad, como si nada, una torre medieval, que en algún momento fue parte de una iglesia pero la iglesia se cayó y la reconstruyeron a cinco cuadras, así que la torre quedó ahí sola.
Saint Mary's Tower, al lado de mi casa

Lo lindo es que se llama Saint Mary’s Tower, o sea, la Torre Santa María. Así que cada vez que la veo, recuerdo el río Mapocho y ese cruce de la Costanera Norte que debería recibir el premio a la conexión de autopista peor pensada del mundo terrestre y submarino. Sí, le hablo a usted, al grandísimo inepto que diseñó esa entrada y salida a la autopista pensando con el recto y que creó un taco enorme, innecesario y totalmente evitable gracias a su inconmensurable idiotez. Y para remate tiene el descaro de poner un pórtico del Tag ahí mismo, para recordarnos que en Chile nos cagan por todos lados y encima nos cobran por eso. Un lobo marino es un ingeniero más capaz que usted, señor Costanera Norte. Y una medusa ciertamente tiene mayor sentido de la ética.Bueno, han sido muchos meses, así que cualquier omisión u olvido de cosas importantes que pueden haber pasado por acá es totalmente a propósito, tal como los insultos. Si hay algún olvido importante e involuntario, lo agregaré como un extra, o haré un sorteo entre mis lectores para que sólo algunos lo reciban por correo.

Tengan todos un feliz día de Star Wars (4 de mayo, o sea, May the fourth, como en May the force be with you, para todos quienes tienen una vida plena y no necesitan saber esta clase de supercherrías):