Bueeena cosa. En mi visita a Chile en Septiembre pasado algunas
tías y un par de amigos me reclamaron que qué pasaba con mi blog, que si me
daban regalos de navidad era para que al menos escribiera un par de veces al
año, que hasta cuándo tanta flojera. Así que aquí voy, más de un año después de
la última vez que escribí algo en la hiper mega red.
Lo más llamativo de estos últimos doce meses y un
poco más es que he estado en igual número de países, sin contar Inglaterra o
Chile, ni tampoco España porque en rigor sólo pasé por el aeropuerto de Madrid,
y los aeropuertos son como lugares donde el espacio y el tiempo se pierden entre
chequeos de seguridad y tiendas que, sin importar el país, son prácticamente
todas iguales. Tan así que en el Aeropuerto de Santiago la tienda de Duty Free
vende las mismas cosas que las de Londres, incluso chocolates típicos de… Inglaterra. Nada de chocolates Costa
Nuss, Trencito, ni menos pasteles de la
Ligua, empanadas de alcayota o de pera, ni panqueques con manjar Colún, ni
torta con manjar Colún, ni empolvados con manjar Colún. No señor: en el
aeropuerto de Santiago venden chocolates Butlers, una marca de origen irlandés
que, hasta lo que yo recuerdo, en Chile no se vende en ningún lado ni nadie
conoce. ¿Dónde quedó el Doblón, la Negrita, el In kat, o el Super 8? Afuera del
aeropuerto, pasados los taxistas que te persiguen como moscas luego de pasar
por la ridícula fila del SAG (que a todo esto, Chile debe ser el único país del
mundo con algo similar en el aeropuerto, con un diseño tan fantástico que la
fila se enreda entre las cintas para recoger las maletas y los perros con
chaquetas verdes que se pasean buscando drogas en las maletas mientras un
funcionario del SAG les ordena “Ya Benito, ole, ole” (esto me tocó verlo en mi
último viaje a Chile, con ese mismo nombre de perro y esa misma degeneración de
la palabra “huele”). Un punto a favor para el SAG eso sí: mientras en Chile
hacen trabajar a hermosos perros labradores de dorado pelaje, en Inglaterra
ponen a unos perros de una raza bien fea que se ven bastante quiltros. Aunque
ahora que lo pienso, tal vez sea sólo otro ejemplo de nuestra absurda
fascinación nacional por la gente rubia. Lo que es yo, uno de mis mejores
amigos es rubio (en realidad, era, ahora está bastante pelado) pero también he
conocido gente rubia bastante desagradable, como hace unas semanas en el metro
de Londres, donde ahora que algunas líneas funcionan toda la noche los fines de
semana, se sube gente muy ebria como una niña rubia que vomitó a pocos metros
de donde estaba sentado yo con mis amigos. Lo mejor fue que apenas vomitó, ella
y su amiga se cambiaron de carro porque no les gustó el olor, y poco rato
después se subió otro grupo de amigos también medio puestos y uno de ellos
entró saltando al carro –queriendo impresionar a sus amigas, supongo-, con tan
buena puntería que cayó justo en el lago de vómito. En un país donde las
personas en el metro no se miran ni se hablan, la gente que estaba en el carro
comenzó a reír silenciosamente para sí misma, hasta que alguien no aguantó y explotó y las
carcajadas estallaron mientras el pobre jovenzuelo trataba de limpiar sus
zapatillas y pantalones en el colmo de la humillación. Mi amigo Colin lloró de
la risa por 5 paradas del metro. Claro que él es irlandés (los ingleses sólo
rieron por 2 paradas)… irlandés como los chocolates Butlers.
Para finalizar mi reflexión sobre el aeropuerto de
Santiago, hay un nuevo patio de comidas con cinco restoranes. Tres de ellos son cadenas extranjeras, pero hay que reconocer el esfuerzo de poner dos finos
representantes de la más alta y característica gastronomía chilena: Telepizza (cadena
nacional cuyos únicos grandes méritos son haber sido el escenario de la
teleserie de 1994 “Amor a Domicilio”, y haber sobrevivido sin quebrar por más
de 20 años siendo lejos la pizzería más mala del país) y… Pronto Copec. Sí,
habéis leído bien: Pronto Copec. Aquel lugar al que uno sólo entra a comer
porque es la única opción de pasar al baño en la carretera, y que tiene la
distinción de ofrecer por lejos la peor relación calidad/precio del mundo. No
conozco a nadie en su sano juicio que en un momento de hambre declare: “Mmm que
ganas que comerme un hotdog del Pronto Copec. Voy a ir a la bomba de bencina
más cercana y gastaré 3 lucas en una salchicha envuelta en pan frío y aderezada con
palta artificial”. En el aeropuerto de Lima vi al menos tres distintos
restaurantes ofreciendo comida típica de Perú; pues bien, en el aeropuerto de
Santiago uno puede por $4.600 disfrutar de un hotdog del Pronto Copec. O sea,
al ya vergonzoso sobreprecio de la bomba de bencina, se le suma un nuevo
sobreprecio por estar en el aeropuerto.
El patio de comidas más vergonzoso del universo conocido
En fin… como decía al principio, este último año viajé
bastante, sin siquiera planificarlo tanto. Primero, pasé la navidad y Año nuevo
de 2015-2016 en Chile, lo cual fue muy bonito luego de haberla pasado afuera el
año anterior. Como siempre, es además muy ameno volver a ver a la familia y a
los amigos, y gozar de las bondades del verano en Santiago.
El primer viaje ocurrió porque mi amiga Ale Hahn (otra
persona rubia) organizó un viaje a Marrakesh junto a su ahora marido Nico, su
amiga Caro y yo a fines de febrero. Sin embargo, por circunstancias de la vida
ella tuvo que irse a Chile por un tiempo y finalmente terminamos yendo la Caro,
Nico y yo (ninguna persona rubia).
Pese a ser una cultura muy distinta en muchos aspectos,
Marruecos me recordó mucho a Sudamérica. El desorden en las calles, los oficios
populares tipo vendedor de fritanga (o de anticuchos de carne muy dudosa) en un
carrito, el paseador de gente en caballos, los artesanos en greda, las
tejedoras, y otros de esos personajes que en la vida citadina moderna parecen ya de otra
época. Nos quedamos en una especie de hotel en el centro de Marrakech, construido
en típica arquitectura y decoración árabe, piscinas interiores y escaso uso de
puertas –¡ni siquiera el baño no tenía puerta!-. La calle del hotel, como la mayoría en ese
sector de la ciudad-, era tan angosta
que con suerte pasa un auto, y sin embargo, durante el día la calle está llena de
gente caminando, carretas tiradas por burros, tipos andando en moto, e incluso
autos, todos pasando al mismo tiempo. Es impresionante que con los
tipos manejando sus motos como simios entre medio de los peatones, nunca hayamos
visto un accidente. Las calles son un verdadero laberinto, y cada vez que algún
local te ve con cara de perdido te ofrece ayuda para llevarte a donde quieres
ir, PERO después te exigen darles una propina. Y no te dejan en paz. Una noche
volviendo al hotel el taxista se pasó 30 metros y un tipo en la calle le dijo
que nuestro hotel estaba unos metros más atrás, y cuando nos bajamos nos empezó
a pedir propina, primero gentilmente y después a gritos. El conserje del hotel
lo tuvo que echar.
Las cashecitas de Marrakech tienen ese guataca andando en moto entre la gente, viste?
Todo el mundo en la calle te saluda y te conversa muy amablemente y hasta te hablan de Alexis Sánchez para después tratar de venderte algo. Sacárselos de encima requiere
tanto esfuerzo que en un momento ideamos la estrategia de decir que éramos de
un país inventado para que no pudieran meternos conversación. Una de las
costumbres más fantásticas es que las mezquitas –hay cada tres o
cuatro cuadras- tienen todas un alto parlante que anuncia las horas de oración.
Así que cada dos o tres horas se escuchaban oraciones o especies de cantos. Lo
maravilloso es que estos empezaban tipo 4 o 5 de la mañana, así que la primera
noche nos despertamos con esa voz gritando en árabe en plena oscuridad,
creyendo que quizás era una alarma de incendio o el juicio final, pero luego se
puso a cantar el equivalente a “Juntos como hermanos” árabe y entendimos que lamentablemente
el mundo todavía no llegaba a su fin.
Su buena comida marroquí
Fuimos también un día a Essaouira, una ciudad como a tres
horas de Marrakech al lado del mar, donde pudimos ver unas cabras reposando
tranquilamente en las ramas de un árbol -sí, cabras-, y donde también pudimos andar un rato
en camello por la playa. Es como andar a caballo, pero el doble de alto y con
el triple de sentimiento de indefensión ante un animal que si quisiera podría
botarnos al suelo, patearnos hasta la inconsciencia y luego devorarnos con sus
afilados dientes y almacenarnos en su joroba –y luego morir de indigestión, ya
que sus sistemas digestivos no están diseñados para comer carne).
Nicolás aprendiendo a manejar camello
El surrealismo máximo (la foto la bajé de Google, pero la escena es la misma).
El último día en Marruecos sucedió también el momento
quizás más rudo para mí de este último año. Luego de varias semanas de
incertidumbre, mi papá me llamó para decirme que mi tata estaba en las últimas
y que quería despedirse de mí. Fue bastante extraño escuchar a mi abuelo
hablándome con sus últimas energías estando yo sentado en el lobby de un hotel
en Marruecos, sin poder abrazarlo ni poder articular casi ninguna palabra.
Pocas horas después tomamos el avión de vuelta a Londres, y yo iba convencido
de que al llegar él ya iba a haber muerto. Pasé todo el vuelo en duelo
escribiendo algunas cosas pensando en mandarlas para su funeral. Pero apenas
bajé del avión, me enteré que en lugar de eso, tuvo una recuperación sorpresiva
y hasta se tomó una copa de vino. Unos días después murió
tranquilamente mientras dormía, como él siempre quiso.
Lo más difícil, tal como cuando murió mi otro abuelo hace
dos años, fue estar lejos de mi familia en esos momentos, aunque igual pude
compartir bastante con él cuando estuve en Chile en enero de 2016. Desde que me
vine a Londres, cada vez que me despedí de él en las veces que he vuelto a
Chile se me apretaba la guata (y creo que al él también) pensando que quizás
sería la última vez que nos veríamos. Pero esa vez por alguna razón fue
distinto. Pasé una tarde con él conversando y mirando fotos de sus años de
contralor y él medio riéndose de “todos estos viejos que ya están todos muertos”.
Fue una bonita forma de despedirse, supongo.
Volviendo al asunto de los viajes, en mayo tuve la
oportunidad de visitar Suecia y Finlandia, gracias a que encontré un trabajo en
el que me pagaban por quedarme en mi casa. Me contrataron como cantante de
reemplazo en un crucero, lo cual me
significó ensayar a principios de año con el elenco titular y luego
estar disponible para el caso de que me necesitaran, lo cual jamás sucedió para
mí ni para ninguna de las cover de bailarinas o cantante mujer. Así que con
ellas viajamos a Suecia para unirnos al crucero como visitas del elenco
estable, y estuvimos ahí 4 dias, 2 en Estocolmo y dos en Helsinki (que para los
iletrados, es la capital de Finlandia, país donde vive Santa Claus desde su jubilación).
El crucero atravesaba por unos fiordos bien espectaculares, con casas en medio
de unas islas enanas, y paisajes como de leyendas nórdicas (lo cual es bastante
obvio porque las leyendas nórdicas vienen de ahí mismo). Claro que varios de
mis compañeros de elenco encontraban más interesante sus celulares que admirar
el paisaje.
Banda de vikingos originales tocando en Estocolmo
Los fiordos entre Estocolmo y Helsinki
Casas de duendes finlandeses
En la Avenida Suecia
Luego en Julio vinieron de visita mis hermanos chicos
Ignacio y Antonia, que ya no están nada de chicos y eso mismo me recuerda lo
viejo que me he ido poniendo, pero al mismo tiempo el viaje que nos pegamos fue
igual de inolvidable que algunos de los que hice con amigos del colegio o de la
universidad muchos años atrás. Y además fue muy rico compartir con ellos y
poder conversar de igual a igual y ponernos al día y conocer tantos lugares
increíbles mientras me contaban los últimos chismes de la familia.
Partimos el viaje con un tren a Brujas, una
ciudad en Bélgica que parecía de cuento con sus canales, hermosos edificios y
artesanales cervezas. Subimos a la torre de la ciudad donde tocaban canciones
con las campanas cada quince minutos, así que tuvimos la emoción de escuchar
las campanadas retumbando a dos metros de nuestras cabezas. Ahí comenzamos una
de las estrictas tradiciones de nuestro viaje, que fue ir cada día a conocer
alguna deliciosa heladería. Creo que la cumplimos fielmente.
En Brujas con la tecnología del selfie stick
De ahí nos fuimos a París, que queda en un país llamado
Francia. Recorrimos los lugares más típicos que todo turista recorre, y además
tuvimos un lindo encuentro con nuestro primo Cristóbal que vive allá y nos llevó
a recorrer lugares más alejados de los turistas y a hacer un picnic en un lugar
donde la gente se sienta en la rivera de un río a tomar y comer. Algo así como
si uno se juntara a carretear a la orilla del canal San Carlos, pero en un
lugar ameno y sin miedo a que te asalten.
Recorriendo Versalles y sus impresionantes jardines
Con el primo Cristóbal tomando chela en el Canal Saint Charles
El viaje continuó a Roma, donde celebramos el cumpleaños
18 de la Antonia con una hermosa comida en la Piazza di Fiori y comprándole su
primer copete legal. Tal como en París, recorrimos varios de los típicos
lugares turísticos, lo cual me hizo acordarme a cada rato con mucho cariño y
algo de nostalgia la primera vez que estuve allá, hace ya 12 años, con amigos
que en su mayoría están demasiado pelados o gordos como recordar que fueron
jóvenes. Desde Roma fuimos un día a Asís, uno de mis lugares favoritos con sus
calles y construcciones medievales y sobre todo esa atmósfera tan especial que
tiene. También me hizo recordar otro lindo episodio de mi juventud, cuando
hicimos el musical “La Ópera de Asís” en la UC, que trataba sobre la vida de
Francisco (y de otras 38 personas que vivían en Asís, así que era bastante
larga). Nos acompañó a Asís mi vieja amiga romana Nicoletta, a quien conocí en
ese primer viaje Roma, y que también nos invitó a comer a su casa con su
familia una noche, así que tuve la oportunidad de chapucear mi pobre italiano y
sobre todo gozar de una hermosa comida casera.
Estadio Nacional de Roma
En Asís con la amiga Nicoletta
Después nos fuimos a Florencia, donde se nos unió nuestro
primo Benja Vicuña (que no tiene nada que ver con el actor famoso por sus actos
de infidelidad y por haber estado casado básicamente con la mujer más bella del
mundo). Florencia es otra de mis ciudades favoritas, y volver allí después de
tanto tiempo fue también muy emocionante. Más aún, poder haber compartido con
mis hermanos y primo chicos unos copetes en la plaza frente al impresionante
duomo de Florencia. Desde Florencia hicimos un tour a las “Cinque Terre”, un
grupo de pueblitos enanos y muy coloridos construidos a la orilla del mar de la
Toscana que parecen de postal. De hecho, vendían muchas postales en las
tiendas. Y después hicimos otro paseo por el día para visitar Pisa, con la
famosa torre chueca y la impresionante explanada donde está la torre y la
catedral. Eso sí, a estas alturas del viaje nos empezó a pasar que luego de
visitar tantos lugares tan increíbles, la capacidad de sorpresa fue
disminuyendo y también el número de selfies.
Con el Benja en Pisa. Ojo con la niña mensa al fondo sacándose la típica foto ñoña afirmando la torre. Estúpidos turistas
Dando mal ejemplo en la Piazza dil Duomo en Florencia
Un pueblillo como quien diría Iloca, pero en la costa italiana.
Pero ello no impidió que disfrutáramos enormemente el paso
por Venecia, que pese al calor infernal, a la cantidad de turistas y a lo caro
que era todo me dejó totalmente impactado. Sencillamente, una de las ciudades
más bonitas y únicas que he conocido. Aprovechamos un día para ir a la playa,
donde tuvimos la suerte de encontrar un lugar para echarnos gratis –porque en casi
todas las playas había que pagar sólo por depositarse uno en la arena-.
Oh, Venecia
Cosas de Venecia
Después de Venecia nos fuimos rumbo a Alemania en tren.
Tuvimos una breve parada en el viaje para conocer Verona, ver la famosa Arena
de Verona y la “casa de Julieta”, que resultó ser bastante menos emocionante de
lo que imaginábamos. Luego de varias horas en tren, donde pasamos por unos
lugares espectaculares entremedio de montañas con paisajes tipo Heidi, llegamos
a Bad Tölz, un pueblo del que nunca habíamos oído pero que resultó ser muy
bonito. Ahí nos juntamos con la delegación de catecúmenos que venían desde
Chile, y entre ellos venían mis padres, así que nos reencontramos en ese
desconocido pueblecillo.
La razón para encontrarse en ese lugar fue que ahí nos
unimos al grupo de catecúmenos que venían al encuentro de jóvenes con el Papa
en Polonia, encuentro al cual obviamente mis padres se colaron y en realidad yo
también, no sólo porque ya estoy algo pasado en edad (aunque no tanto como mis
padres) sino porque no participo de las comunidades catecumenales desde el año
1978. Por lo mismo, no conocía a casi nadie de las 60 personas del grupo, pero
eso no fue problema porque gracias a la intensidad del viaje –y a la intensidad
propia del Camino Neocatecumenal- logré conocer rápidamente a buena parte del
grupete. También estaban coladas mis primas huasas las Moyas, claro que ellas
al menos son suficientemente jóvenes para participar de estas cosas.
Las Moyas y mi madre en el río Calle-Calle de Bad Tolz
Centro de Bad Tölz
En Bad Tölz estuvimos unos pocos días y alojamos en la
casa de una muy amable familia –no los 60 del grupo pues, sólo 6 de nosotros,
el resto se quedó en casas de otras gentes-. Desde ahí visitamos un par de
lugares como Regensburg, una ciudad con un hermoso casco medieval y con la
única iglesia que he visto dedicada a San Oswalt, y también conocimos el campo
de concentración de Dachau, uno de los lugares más espeluznantes donde he
estado. Pese a lo bonito de los bosques que ahora cubren algunos sectores, la
carga del lugar es muy extraña, agobiante incluso.
Luego de un gran asado de despedida de Bad Tölz, con
varios de los hombres alemanes ataviados en sus mejores trajes tiroleses,
proseguimos viaje a la hermosísima ciudad de Praga. Estuvimos sólo un día pero
eso alcanzó para recorrer buena parte del centro histórico, maravillarnos con
la arquitectura, y para agarrarme con la recepcionista del hostal donde nos quedamos que era francamente inepta.
Praga es tan bonito que ni una foto le hace justicia. Pero aquí estoy con mis padres
Partimos luego a Berlín, que me pareció bastante fea salvo
algunos pocos edificios antiguos que quedan de la zona histórica, pero no me
importó porque pude reunirme con mis buenos amigos Sergio “Chalo” Celis y Focus
“Nacho” Viveros y compartir cervezas y caminatas por la ciudad.
Debo decir que la visita a Berlín y Dachau me generaron un
nuevo respeto por el pueblo alemán. Una cosa es leer la historia, y otra muy
distinta al menos para mí fue estar en esos lugares donde hay tanto testimonio
y huellas de dolor, de guerra, de división. Nunca había caído en la cuenta de
lo violento que es tener un muro dividiendo la ciudad en dos, y hasta no hace
tanto tiempo. Y pese a todo esto, el país ha logrado levantarse y sobre todo,
convivir en tranquilidad.
El viaje luego siguió a Polonia, el país con uno de los idiomas
más extraños del mundo. Es muy interesante ver cómo, pese a que no hay
fronteras naturales entre estos países, los cambios culturales son bastante
notorios. Tanto Praga como Polonia me recordaron mucho a Sudámerica, en el sentido en que todo es un poco desastroso y las cosas funcionan al lote y pasan cosas tan mágicas como que un hostal con 200 camas en Praga sea incapaz de servir desayuno para 20 personas al mismo tiempo. No sólo apenas hablaban inglés, sino que cuando
servían desayuno ponían 10 cubiertos, 6 panes, una botella de agua y una de
leche para 25 personas. No había nadie del hotel para pedirle nada, y cuando se
dignaban a aparecer -sin ningún uniforme ni nada que los identificara como
staff del hotel, por supuesto-, traían nuevamente 5 panes y dos vasos. Y si uno
les decía que éramos 25 y que faltaba comida para 20, llegaban luego de 10
minutos con 5 panes y dos vasos.
Así hubo varias situaciones, que me hicieron recordar esas
actitudes tan profundas de nuestra cultura nacional del "sepa Moya"
quién diablos va a solucionar las cosas. El problema es que en Checo (y menos en Polaco) el
apellido Moya no existe, así que por supuesto nadie soluciona nada, y uno se
queda en el limbo de la incomprensión. Y en todo caso, el único señor Moya que
conozco no es el mejor ejemplo de dar soluciones prácticas y rápidas a los
problemas -salvo temas médicos-, más bien sale con extravagancias como tapar
una gotera comprando un piano de cola, o reemplazando la mesa del comedor por
una tabla tan pesada que requiere dos yuntas de bueyes y 8 titanes del ring
para moverla.
En Polonia pasamos por un pueblecillo llamado Poznán donde
nuevamente nos acogieron amablemente familias locales, y luego por otro llamado
Konin, donde el alcalde nos recibió con honores y nos dijo bellas palabras en
polaco que por supuesto no entendimos. Ahí nos alojamos en una casa de retiro
que más parecía hotel, al lado de un centro de peregrinación con una Basílica
gigantesca situado al lado de un bosque donde se supone hubo una aparición de
la Virgen y que hasta dejó una imagen -algo así como la de Guadalupe. En el
lugar había una especie de circuito de Vía Crucis tallado en un cerro, que
partía muy bonito hasta que en el
trayecto comenzaban a aparecer unas estatuas de tamaño real ilustrando escenas
del Vía Crucis... Las estatuas eran tan espantosamente feas que estoy seguro
que han hecho tambalear la fe de muchos con su horripilancia.
En el despacho del "presidente" de Konin. Es un alcalde, pero le dicen Presidente
Canuteando en Konin
Partimos finalmente a Cracovia, al encuentro con el Papa,
donde una vez más salieron a relucir las maravillas de la cultura del despelote
y la improvisación. Por supuesto que sacar adelante un evento donde llegan 2
millones de personas es muy complejo, pero la organización fue
bastante terrible y ayudó aún más al caos. Valga agregar que gracias a mis
habilidades con el inglés y sobre todo, a mi celular con internet y gps,
ascendí de ser invitado de piedra a una especie de secretario del grupo, así
que me mandaron junto con otros 5 hombres fuertes de avanzada en la van para
reservar lugar en la explanada del evento. Obviamente las rutas de acceso
cercanas estaban cerradas y no había ninguna señalización de qué hacer ni a
donde ir, así que sólo pudimos estacionar el auto en un lugar indebido gracias
a que entramos en reversa burlando a los militares que resguardaban la zona.
Ya instalados en nuestro fortín en medio de los 2 millones
de personas, tuve la alegría de encontrarme con mi viejo amigo cura Cristóbal
Asenjo, y con mi vieja amiga de Milwaukee Erin, a quien no veía hace como 10
años. La verdad es que todo el encuentro fue un poco volver en el tiempo hasta
el último encuentro de jóvenes que fui (el 2005!), y ver lo que ha sido de mi
vida desde entonces. Probablemente en ese entonces jamás me imaginé que dejaría
una poco promisoria carrera de periodismo periodístico por una aún menos
promisoria carrera como cantante y actor y menos aún que iba a hacerlo en Inglaterra.
Y tampoco me imaginé que a los 33 años iba a volver a un encuentro de jóvenes
con jóvenes 10 años o 15 años menores que yo. Pero como dijo alguna vez el
filósofo y futbolista Francisco Murci Rojas, "yo no tengo por qué estar de
acuerdo con lo que pienso". Fueron unos bonitos días de volver a
reencontrarme con ciertas dimensiones de mi vida que tenía un tanto olvidadas,
en resumen.
Con el Padre Cristóbal, ambos con un bronceado realmente fascinante oye. O quizás sea tierra.
La noche siguiente la pasamos en un lugar de Cracovia que llamaron "Tent city", ya que era un lindo conjunto de carpas destinado a acoger a cerca de 10.000 peregrinos. Lo bueno fue que justo cuando llegamos el cielo se desató con una lluvia que nos mojó hasta los calzoncillos y muchas carpas se anegaron. Así que parte del grupo durmió en una especie de carpa gigante, mientras otros dormimos en un auto, como adolescentes luego de una noche de carrete tomando piscola sin hielo. Aunque en este caso, fue vodka sin hielo.
Luego de Cracovia partimos rumbo a Viena, donde el resto
del grupo prosiguió camino de vuelta a Chile y con Ignacio y la Antonia nos
quedamos una noche más. Recorrimos la ciudad -muy linda, elegante, donde los Burger
King están metidos en antiguos salones de baile con lámparas de lágrimas-, y
fuimos al Versalles de Viena y al zoológico, que resultó ser bastante
espectacular. Incluso caminamos entre murciélagos sueltos en una cueva
construida en medio de la sección del bosque tropical.
Regreso del selfie stick en los Jardines Reales de Viena.
Última selfie del viaje, turisteando en Londres.
Volvimos a Londres y los saqué a pasear por la ciudad,
aunque ya la capacidad de sorpresa estaba bastante baja después de tantos
lugares que conocimos. La despedida fue un poco triste obviamente, pero yo al
menos viajé a Chile apenas 3 semanas después, así que no hubo mucho tiempo de
echar de menos.
La de arriba es en Chicago, cuando me fueron a visitar en Milwaukee en 2005. La de abajo es en París, 11 años después. Todo lo que es la vejez, aunque ahora con unos cuantos kilos menos de M&M en el cuerpo.
En Chile aparte de ver a mis amigos y familia, tuve la
bondad de pasar un 18 de septiembre en el país por primera vez desde 2012; si
bien tampoco es como que lo echara demasiado de menos. No contento con haber
estado en Chile en Septiembre, volví en diciembre para pasar la Navidad allá.
Para no seguir alargando esta larga edición viajera, puedo
decir que mi vida en Londres no ha cambiado demasiado. Excepto por un
importante cambio a un nuevo departamento con mis buenos amigos Molly y Colin,
que ha aumentado mi calidad de vida en un 30%. Estamos en un barrio muy ameno y
a dos cuadras de mis otros buenos amigos Berni y Chico (y Manolín, que a estas
alturas es como un sobrino honorario), así que por fin desde que estoy en
Londres me siento realmente en casa. Sigo con One Night of Rock que me ha hecho
también viajar bastante (incluyendo una visita a Gales, que es técnicamente
otro país aunque dentro del Reino Unido, aunque con esto del Brexit ya nadie
entiende nada de qué va pasar) a pueblos y ciudades que jamás habría conocido
si no, algunos muy bonitos, y otros muy no bonitos.
Amigo Pinilla que se le ocurre visitar Londres en el día de huelga del metro más espantosa de las últimas décadas.
Por último, con el coro Cantamusica (el mismo con que
estuve en Abbey Road hace un par de años) tuve un concierto del musical
"Joseph and the Amazing Tecnicolor Dreamcoat" haciendo de José, nada
menos. Fue sólo un día pero estuvo bueno y sobre todo fue una buena forma de
despedir a mis amigos Ale y Nico que se vuelven a Chile hoy después de un año y
medio en Londres y de varias aventuras, incluyendo por supuesto el viaje a
Marruecos, una subida a un juego terrorífico en un parque de diversiones
navideño, y muchas veladas de buenas comidas y vinos. Buen viaje queridos
amigos, nos vemos en Chile a fines de febrero, después de mi viaje familiar a
España y Portugal.
Ah, y lo olvidaba: hace unos días hice una visita flash a la
simpática ciudad de Cork en Irlanda para ver a Molly actuando en una especie de
musical cómico de Cenicienta. Claro que la mitad de los chistes eran muy
irlandeses y no los entendí.
Primero debo aclarar que empecé a escribir esto en la
víspera de mi cumpleaños, cuando cumplir 33 años todavía era contingente.
Cuando estuve listo para publicarlo pasó el atentado en París y como fue una
semana muy atiborrada de cosas en Facebook, decidí esperar un poco más, y luego
entre el frenesí de las últimas semanas y las preparaciones para mi nuevo viaje
a Chile, lo olvidé. Así que aprovecho que tengo una escala de 9 horas en Rio de
Janeiro para subir esto por fin. Lo bueno de la demora es que estas últimas
semanas pasaron cosas bastante interesantes que podré incluir en esta edición.
Así que si aguantan hasta el final se toparán con un par de apasionantes anécdotas
que incluyen encuentros cercanos con celebridades.
Antes que nada, pido disculpas por ser uno más de los
oportunistas que en los últimos años han usado la famosa frase de los mineros
adaptándola a sus propios intereses y/o falta de imaginación. Pero por otro
lado, nunca más cumpliré 33 años, sobre todo yo que no creo en esas cosas de la
reencarnación (y aún así, si la reencarnación sucediera y volviera a cumplir 33
años en otra vida, nunca lo podría saber, ya que uno no se acuerda de sus otras
vidas a menos que le pague 50 lucas a un parapsicólogo para luego verse en
vidas pasadas siendo caballero medieval, vikingo, faraón, o cosas por el estilo
–por alguna razón, en todas las historias de regresiones que he escuchado las
personas se ven como parte de la realeza de alguna civilización bien conocida,
o viviendo en medio de idílicos paisajes en los Alpes o algún bosque salido de
los libros de cuentos. Nadie se ve como contador auditor en el tedioso San
Fernando de 1890, o como cuidador de los puercos de un anónimo señor feudal, o
como un sastre deprimido y alcohólico en la fría Siberia de principios del
siglo XVIII, ni menos como un limpiador de tubos del órgano de la iglesia de
Etzweiler en el siglo XVI. O menos todavía, como simple recolector de frutos en
alguna tribu desconocida de las selvas de Papúa Nueva Guinea. Y por ningún
motivo, como tramoya del teatro de Tulsa, Oklahoma en los 1800. No señor: nadie
se ve haciendo oficios mundanos y aburridos, como los que ha realizado el 98%
de la población mundial desde el inicio de la humanidad. Espero en todo caso no haber ofendido a nadie con esta reflexión. Si es así, les recuerdo que yo mismo soy un hombre muy religioso y tal vez ocuparé este espacio en el futuro para burlarme de mí mismo. En fin, ya es hora de
volver a lo que estaba diciendo en un principio, y de cerrar este paréntesis.
Ahí va: ).
Decía que no volveré a cumplir 33 años, y nunca más podré
usar la frase de los mineros con tanta propiedad. Así que ahí está. Demás está
decir que cuando era adolescente ya llegar a los 30 parecía una eternidad, de
hecho cuando nació mi hermana Antonia yo tenía 15 años, y pensaba “cuando ella
cumpla mi edad de ahora, yo voy a tener 30, qué vejez!”. Ahora ella tiene 17, y
yo ya hace tres años pasé el límite que me autoimpuse como vejez. Probablemente
en esa época creía que a los 33 ya estaría casado, con hijos, una casa, un
trabajo decente, y tal vez un hámster porque no me gustan los perros. Sin
embargo, la vida me encuentra soltero, sin hijos, arrendando una pieza en un
departamento en Londres con una distribución diseñada por un chimpancé, e
intentando ganarme la vida como actor (o sea, trabajo no decente). Y mi única
mascota es una mosca enana que vuela en mi pieza… me aburrió la mosca, así que
la maté y me quedé sin mascota.
Aun así no me quejo, porque por otro lado sigo viviendo en
Londres, trabajando (o al menos intentándolo) en algo que me apasiona, y
aprendiendo muchas cosas sobre teatro, música, y sobre la vida en general. Como
ya he dicho en alguno de mis berrinches anteriores, vivir afuera le da a uno
cierta distancia de las cosas, permite ampliar la mirada y salirse de muchos
moldes y estructuras mentales que uno inevitablemente desarrolla cuando crece y
vive siempre en un mismo lugar.
Con mi torta personal
Como última reflexión sobre cumplir 33, puedo decir que he
llegado a la edad de Cristo sin acercarme en absoluto a ninguno de sus logros
ni virtudes ni carisma ni nada, salvo en el largo del pelo, que sumado a la
barba ha hecho que algunos colegas del aeropuerto ahora me llamen “Spanish
Jesus”. Por lo mismo, me inspiré en ese gracioso sobrenombre algo racista
(porque en cierta forma implica que no soy lo suficientemente blanco como para
ser llamado simplemente “Jesus” según los estándares ingleses, que imaginan a
Jesús con tez muy clara y pelo idealmente castaño claro; incluso una vez vi en
EEUU una Biblia para niños con ilustraciones de Jesús ¡rubio!, como si fuera Thor,
el Dios nórdico del trueno) para mi disfraz de Halloween, que además calza con
mi cumpleaños así que tal como desde que llegué a Londres, mis amigos
londinenses me organizaron un cumpleaños/Halloween muy simpático en el que tuve
que tomar con moderación porque me pareció impropio tener a un Jesús ebrio en
la fiesta.
Con respecto a mi vida en los últimos seis meses, puedo
decir que las cosas siguen más o menos parecidas a la última vez que escribí.
Sigo con el show de rock (que ahora se llama ‘One Night of Rock’), y he seguido
conociendo lugares simpáticos alrededor del Reino Unido. También tuve un par de
nuevas grabaciones en Abbey Road con el coro Cantamusica, y he seguido audicionando
para distintos asuntos. En junio tuve un casting para un comercial de
afeitadoras Philips del cual salí convencido que había sido el peor casting de
mi vida –me pasaron una escena para aprenderme antes de entrar, y una vez
adentro, la persona que hizo la escena conmigo dijo cualquier cosa menos lo que
estaba en la página y yo me paralicé sin saber qué hacer, y luego de 45
segundos me dijeron muchas gracias hasta luego-, y mientras caminaba frustrado
de vuelta a la casa me dije que nunca más iba a audicionar para comerciales.
Por esos sinsentidos de la vida, a los pocos días me llamaron para darme la pega. Al parecer al director le
gustó mi reacción de quedar paralizado. Lo bueno de hacer comerciales es que
uno trabaja un día y te pagan lo mismo que gana Alexis Sánchez en 5 minutos,
pero que igual es buena plata. Eso sí, el comercial por alguna razón no se usó,
así que no podré compartirlo ni siquiera conmigo mismo.
Un jocoso workshop para un musical con la gran directora Jo Davies
Aparte de eso, empecé a trabajar para otra compañía que pone
staff en eventos, y me ha tocado hacer las mismas pegas de mozo y cosas por el
estilo pero por plata decente, en eventos harto mejores, con gente muy
millonaria que paga fortunas para que los canapés sean servidos sobre pétalos
de rosas, o para comprar lujosos chaquetines para los 30 mozos sólo para la
ocasión. Y no es chiste. También me han salido algunas pegas sorpresa cantando
en eventos; hace algunas semanas me tuve que disfrazar de Fantasma de la Ópera
y cantar en una premiación de una escuela de teatro musical para niños.
Como siempre, en estos meses he padecido visitas ilustres,
como la de mi entrañable primo de tercer grado Ernesto y mi cuñada de tercer
grado Jesu, con quienes recorrimos museos, parques y calles de barrios
desconocidos en bicicleta. Luego vino mi ex camarada de periodismo y
bachillerato Tomás Pollak, junto a su señora Caro y a su hija que yo no sabía
que existía y por eso no los reconocí en un principio cuando los vi en la calle
con un coche. También estuvo por acá mi viejo amigo Panchuco (aunque después de
años de amistad me vine a enterar que no le gusta que le digan así, así que lo
llamaremos Francisco), con quien también compartimos gratos momentos aunque no
sacamos ninguna foto. Y con esto del mundial de rugby, recibí la visita de un
senador de la República que, cansado de hacer fechorías en Chile, se vino a
descansar y gastar sus millones viendo el rugby. Sin embargo, no le di mi
número de teléfono así que gracias a Dios no nos topamos.
Visita de Panchuco sin Panchuco en la foto
Además de estas visitas temporales, hace unos tres meses mi vieja
amiga Ale Hahn (vieja porque nos conocemos hace unos 22 años, y sobre todo
porque ya está un poco vieja) llegó a Londres a vivir con su amable novio
llamado el Caluga, así que no me ha faltado compañía chilena, y por ende mi
inglés ha empeorado en un 15%.
Un capítulo interesante de estos meses fue la experiencia de
vivir la Copa América desde acá. Como todos ustedes sabrán, soy un gran hincha
de cartón del fútbol, que sigo a mi equipo o a mi selección fielmente cuando
las cosas van bien, y pierdo el interés cuando van mal. Y como actualmente el
caso es que –casi por primera vez desde que tengo uso de razón- la selección
chilena juega bien, he sido un fiel hincha. Por la diferencia horaria, todos
los partidos de Chile en la copa empezaban pasadas las 12 de la noche, así que
vi los dos primeros en mi computador en algún sitio trucho de internet acostado
en mi cama, pero a partir del tercero empezamos a ir con el Shico y otros
chilenos a un bar llamado “El Comandante” (así, en español), en homenaje al
Comandante Che Guevara. El dueño es un señor boliviano muy gracioso, que abría
su local pese a que por ley los bares cierran antes de las 12 en la semana. Así
que tenía que apagar casi todas las luces, y no nos dejaba gritar muy fuerte
para no alertar a los vecinos o al FBI. Por supuesto no tenía TV cable, así que
para mostrar los partidos se conectaba a los mismos sitios truchos de internet
que usaba yo.
La final, que fue a un horario más decente, la vimos en otro
bar más grande que se repletó de chilenos, tanto que junto a mi buen amigo y
también ex camarada de periodismo y bachillerato Jorge Díaz nos quedamos justo
afuera de la puerta para no respirar el olor a rodilla que había dentro de ese
antro. Demás está decir que después del penal de Alexis todo fue jolgorio y
abrazos y chilenos gritando en la calle.
En lo personal, sentí el extraño vacío de por primera vez no
perder y ganar algo importante. No sabía qué hacer con la sensación de triunfo,
sin el peso de otra derrota más. En todo caso, fue emocionante vivir esta
situación inédita rodeado de chilenos, aunque sólo conocía como a cuatro o
cinco.
Poco después de estos felices hechos, viajé a Chile por tres
semanas, con la excusa del matrimonio de mi primo Albert y en menor medida
porque hacía más de un año que no iba.
Como las anteriores veces que he vuelto al país, fue también una buena
oportunidad para ver a mi familia y a los buenos amigos que se echan de menos
estando fuera, y también para organizar reuniones para que estos amigos se
vuelvan a ver entre ellos, ya que si yo no organizo algo estos vacas no se
juntan. A algunos amigos que quería ver no los alcancé a ver, pero en
compensación a otros que no quería ver bajo ninguna circunstancia tampoco los
vi.
El matrimonio de Albert estuvo muy simpático y además en la
fiesta pude cantar algunos viejos hits del rock junto a mi antigua banda
Xtenso, lo cual me valió la admiración de muchas señoras presentes.
Con mis padres en el matri.
Para ir cerrando, en las últimas semanas tuve dos episodios
bastante graciosos e inesperados. El primero una pega que me salió a través del
coro Cantamusica (el mismo de Abbey Road), en la que necesitaban al coro de
niños, más un tenor y un barítono, para salir como extras cantando en una
película. No sabíamos qué película era, pero a juzgar por los vestuarios que
nos dieron (unas capas negras con capucha) pensábamos que podía ser un
documental para la BBC o algo por el estilo. Estuvimos todo un día sentados en
el lugar de grabación sin hacer nada –salvo comer, y bastante bien gracias al
catering de la producción-, y recién al segundo día nos tocó entrar al set de
filmación, que era una especie de gran templo masón. Aparte de nosotros habían
como 200 extras con sus capuchas, y un actor principal ensayando la escena que
era entrar a la cosa por el pasillo, llegar hasta el altar y dar un discurso.
Cuando por fin empezó la filmación, entró el actor real, que no era otro que
Jeremy Irons, y casi me oriné. Poco después entró Michael Fassbender a la
escena, y caímos en cuenta de que estábamos en una hiper mega producción cuyo
nombre no puedo revelar, pero que tiene las iniciales Assassin’s C., o más bien
A. Creed. Lo más gracioso es que hacia al final de la canción tengo un par de
líneas solo, así que en una de esas aparezca mi voz en la película. Aunque en
estas cosas uno nunca sabe. Tendré que esperar al estreno de la película el
próximo año para saber.
Lo otro fue un evento en el que trabajé la semana pasada
como mozo (en realidad, como encargado de guardarropía), y que fue una de las
situaciones más surrealistas que he vivido. Era una fiesta privada en un
departamento en el centro de Londres, donde me advirtieron que podrían llegar
famosos, sobre todo políticos, y de hecho así fue. Pero además llegó un desfile
de celebridades, y me vi en la absurda situación de recibir las chaquetas y
conversar brevemente con gente que uno ve en las películas o en la alfombra
roja de Hollywood. Lamentablemente firmé un contrato por el que no puedo publicar
detalles en internet, pero al que me invite una cerveza en Chile puedo contarle
con qué personajes me topé.
Y para terminar, tuve recientemente días la alegría de
compartir con mis queridos Berni y Shico la llegada de su hijo Manuel, hace 10
días. Tener al enano en brazos fue ciertamente más emocionante que ayudar a Hugh
Grant con su chaqueta, o a Rupert Everett a usar su celular, o a Ian McKellen
encontrar sus cigarros perdidos. Bah, se me salió.
Postal de Chile: blanca navidad con 40 grados de calor.
Es una maravilla que la última vez que publiqué algo en este
blog fue hace unos 10 meses. Más maravilloso aún son mis intentos fallidos por
terminar de escribir. Esta es al menos la tercera vez que cambio el número de
la primera frase de este párrafo: la primera vez que lo hice decía “6 meses”,
la segunda “8 meses”, así que espero ahora terminar de empezar de una buena
vez.
En fin. Han pasado tantas cosas en estos 10 meses que no sé
por dónde empezar. Probablemente lo mejor será hacer un pegoteo con todos los
intentos que hice por empezar a escribir esta cosa y que nunca terminé. Porque, en efecto, mi intención era actualizar
este blogz hace un buen tiempo para que mis 8 fans no tuvieran que esperar
tanto tiempo. Pero las vicisitudes, ocupaciones, pesares, alegrías y pesares de
este tiempo me han mantenido tan ocupado que no he tenido el tiempo, la
energía, la imaginación o el aplomo de sentarme a escribir en mi fiel
computador.
En fin, regresemos en el tiempo a fines de Julio de 2014, en mi primer intento por escribir este
asunto, cuando aquí el verano vivía sus últimos estertores antes de sumirse en
una lenta agonía:
“Verano de 3 semanas
En realidad, 6 semanas, para ser justos. Desde enero-febrero
de 2013 que no tengo un verano decente, con días de sol, olor a traspiración
que sobrepasa el desodorante, y tantas bondades de nuestro verano en la Región
Metropolitana de Santiago. La última vez que escribí aquí, hace tres meses, la
primavera londinense estaba recién apareciendo, con los primeros días de sol y
algo de calor para los estándares de acá (o sea, salir sin chaqueta, y si se
anda de suerte, con el polerón en la mano). Ahora el verano es cosa del pasado,
de hecho hace más de un mes el clima volvió a su nubosidad habitual, si bien
todavía las temperaturas no bajan taaanto.
La brevedad de mi verano se vio extrapolada por mi visita a
Chile de tres semanas en pleno julio: las tres semanas más soleadas en Londres,
y pleno invierno en Santiago. Pero basta de clima y vamos a cosas aún menos
interesantes.
En mi última publicación, quedé ad portas de terminar mis
clases y comenzando a ensayar para la obra La Tempestad. Lo cierto es que,
luego de un año fantástico en la escuela, nuestra última actividad como curso
resultó ser la menos fantástica de todas; de hecho, fue un tanto terrible. El
cuento corto es que la última unidad tenía como objetivo llevar la performance
de teatro musical a espacios no convencionales –como por ejemplo, la calle.
Para esto, nos asociamos a un par de “artistas conceptuales” que junto a un
señor que nos vendió la pomada desde principios de año, tenían un proyecto que
tenía que ver con el reciclaje de pantys, y armaron una pelota del porte de una
pelota saltarina (qué simples eran los juguetes a principios de los 90s… una
pelota con cachos para saltar, de marca Otto Krauss. Qué lindos tiempos) echa
de puras pantys.
El proceso de trabajar con esta gente fue bastante latero, y
el resultado final no fue muy ameno. De hecho, no dejó a nadie de nosotros muy
feliz, pero bueno, fue de esas experiencias donde uno aprende que hay
experiencias de las que uno no aprende nada. Sin embargo, al menos tuve la
oportunidad de trabajar de cerca con mi grupo que en este caso fueron mis
queridos colegas Amy, Danni y Jordan, con quienes pese al sinsentido reinante
lo pasamos bien haciendo el loco.
Paralelamente, mientras ensayábamos para la performance esa,
estuve ensayando para The Tempest. Los ensayos eran en una Iglesia que tenía un
bello cementerio alrededor, y como los días estaban bonitos hicimos algunos
ensayos entre las tumbas. El momento más emotivo del proceso fue, luego de
nuestro ensayo general con público y a dos días de partir la temporada oficial,
cuando la actriz que estaba haciendo de Próspero (el personaje principal) se
tuvo que salir porque no logró aprenderse bien el papel. Así que a última hora,
entró un actor que había hecho el rol hace algunos años, y algo se acordaba.
Bajando al teatro
Escenario y algunas graderías del teatrito
Partimos en tren al teatro Minack, que queda en la punta sur
oeste de Inglaterra, a unas 5 horas de Londres. Llegamos y el día estaba fenomenal,
el teatro es realmente increíble, construido en un acantilado, al aire libre,
tallado en la roca, con vista al mar… uno de esos lugares que es difícil
describir y en los que hay que estar para comprender su real majestuosidad. El
día que llegamos se nos unió Alan Cox (el nuevo Próspero), hicimos un par de
pasadas, y ya al día siguiente empezamos con funciones. Fueron seis días de
funciones, dos de ellos con presentaciones en la tarde y en la noche, y fue en
realidad la mejor forma de tener mi primera experiencia profesional en
Inglaterra. Si alguien hace un año me hubiera dicho que iba a trabajar actuando
Shakespeare en inglés, ni me lo habría soñado; menos aún que iba a actuar en un
teatro al borde del mar, con todas las funciones repletas con más de 800
personas pese al sol, al frío de la noche, o a la lluvia del último día.
Realmente fermoso. Y cada noche después de función íbamos al pub del pueblo
–sí, el único pub del pueblo, es muy chico- a tomarnos unas cervezas y qué se
yo. No puedo más que agradecer enormemente la oportunidad, y a Emma (mi
directora) por haberme invitado a trabajar en esto.
Mi camarín
Paseando por los alrededores del Minack con mi amigo irlandés
Apenas volvimos a Londres, tuve el “Summer ball” de mi
escuela, o “baile de verano” para los iletrados. Fue bastante chistoso, estaban
la mayoría de mis compañeros y lo pasamos fantásticamente, habían unos travestis
de dos metros con grandes tacos repartiendo shots de tragos gratis –lo cual en
este país es un lujo (los tragos gratis, no los travestis con tacos)-, haciendo
de la fiesta un momento aún más jolgorioso. Aunque las fotos puedan dar a
entender que fue una noche de desenfreno, lo correcto es decir que fue una
tarde más bien, ya que el carrete partió a las 7 y terminó a las 11.30. Así se
carretea en Londres, caramba.
Fotos de la fiesta dentro de un kiosko donde caben 2 personas
No sé qué está pasando en esta foto
Y sólo un día después, partí de vuelta a Santiago. Me bajé
del avión a ensayar con el coro para el matrimonio de mi querida prima Dani,
que estuvo a todo cachete, pese a que la diferencia de 5 horas y la costumbre
inglesa de carretear hasta temprano me tenía medio muerto a las 11 de la noche
en Chile. Fue muy lindo ver nuevamente a mis primos, tíos, abuelos y parientes
varios, sobre todo algunos que no veía hace mucho tiempo, como mis viejos
primos de decimo cuarto grado Ernesto y Cristóbal.
El resto del tiempo en Chile lo dediqué a juntarme con
varios de mis viejos amigos, y una buena parte la gasté tratando de sacar
nuevamente mi carnet de identidad y el de manejar. Perdí tres mañanas en filas
interminables, literalmente interminables porque al final no logré sacar ningún
carnet y tuve que irme con el rabo entre las piernas, unas piernas sin
identificación ante el Estado de Chile.
Los primos Iturriaga más algunos impostores
No me importa sonar como los amargados que encuentran que
todo en Chile funciona pésimo y que afuera todo es mejor, ya que en realidad,
siempre lo he sido. Pero obviamente vivir afuera da una cierta perspectiva y
permite apreciar los contrastes, y las dos veces que he vuelto a Santiago en
este último año se me hace una ciudad más difícil de aguantar. Aparte del insultante
Transantiago –que obliga a preguntarse qué diablos han hecho las autoridades de
Transporte en el país para que NADA mejore en los últimos años-, aparte de los
tacos, de las siniestras notarías, de las burocracias, me da la impresión de
una ciudad cada vez más agresiva. Desde gente cualquiera que uno se topa en la
calle, te empuja o te toca la bocina porque sí, hasta personas que uno creía
cercanas –como tristemente me tocó presenciar-, pueden transformarse en
verdaderos energúmenos. O en que pase
impune que te cobren ¡10 lucas por dos horas de estacionamiento! en un lugar
como la Plaza Ñuñoa (espero que su brillante alcalde esté orgulloso de que
estacionarse ahí sea más caro que hacerlo en Londres), o…”
Eso en cuanto a mis escritos inconclusos. No sé qué habré
querido decir después de ese “o”, pero ante la desvergüenza nauseabunda de los
últimos acontecimientos en el país y que todos conocemos, prefiero no echar más
leña al fuego ni contribuir a la depresión de mis lectores. Sólo diré que en
estos momentos me alegro mucho de estar fuera de Chile y vivir en otro país con
una política similarmente podrida, pero de la cual entiendo poco y nada. En
todo caso, pareciera ser que por estos lados las autoridades y poderes
económicos son un poco más pudorosos al momento de robarse el país, y el estado
proporciona algunas cuantas seguridades más que en Chile al ciudadano de a pie.
Ahora intentaré relatar en forma breve, amena y rectangular
la etapa siguiente, que básicamente consiste en mi salto del lugar cómodo y
tibio de la escuela, al incierto mundo del actor cesante en busca de la
supervivencia en una ciudad extranjera, y sin una madre presidenta que me
facilite un préstamo de 6.500 millones de pesos.
Siempre es un placer recibir la visita de viejos amigos.
Aunque antes de dicho salto, tuve un período de cómo un mes
de terminar mi tesis de magister. Empecé la investigación antes de viajar a
Chile, aunque esa investigación consistió en sentarme en la biblioteca de la
universidad, hojear libros que podían servirme y anotar sus nombres en un
papel. De vuelta en Londres, profundicé dicho método de investigación anotando
los nombres ahora en el computador, y luego dedicando buen rato a observar la
pantalla esperando que la tesis se comenzara a escribir. Este método no dio los
resultados esperados, y debí tomar el toro por las astas y empezar a escribir
yo mismo. Intenté hacerme una rutina diaria de ir a la escuela a trabajar, sin
embargo, como ha sido una constante en mi vida creativa, intentar trabajar en
el día con el sol brillando en el exterior fue un fiasco. Así que asumí mi
realidad y por un par de semanas viví de noche hasta terminar mi tesis. Con la
ayuda de mi brillante profesor guía Zach Dunbar (uno de los tipos más geniales
que he conocido en mi vida), llegué al título final que es “How local can you
get? Assessing the convergence
of text between Chilean song and English-speaking Musicals”. Para los
peleles, esto se traduce como “¿Qué tan local se puede llegar a ser? Análisis
de la convergencia del texto entre la canción Chilena y el Musical de habla
inglesa”. Ahora que lo traduzco al español, el título suena bastante más
enredado de lo que pensaba. Básicamente, mi tema fue analizar ciertas
características del teatro musical tradicional (o sea, anglosajón) y ver cómo
se pueden combinar con elementos chilenos para crear un teatro musical chileno
que sea realmente local y no sólo una mera copia de fórmulas extranjeras.
Eso, en líneas generales, fue mi tesis de magíster, que
entregué la segunda semana de Septiembre. Fue un proceso intenso, donde aprendí
mucho, y si fuera una persona organizada podría haberlo terminado sin
trasnochar y con algo de mayor maduración en el tiempo, pero dentro de todo
quedó bastante decente. Tan así que saqué (al parecer) la mejor nota del curso,
lo cual habla o muy bien de mí, o pésimo de mis compañeros que fueron superados
por el estudiante extranjero que ni siquiera habla inglés.
Graciosamente, esta investigación también me llevó a
apreciar con nuevos ojos la genialidad de algunos de nuestros autores chilenos,
sobre todo Víctor Jara y la Violeta Parra. Lo cual también se vio reforzado
gracias a nuestra bandita de música chilena con la Berni Batlle, y el Shico. Tuvimos
un par de tocatas simpáticas para el 18 de septiembre en un par de “fondas”
chilenas en Londres, aunque luego este par de desgraciados se fueron a Chile
por tres meses.
Coincidiendo con el final de mi tesis, empecé a ensayar para
un pequeño musical, parte de una muestra de obras del magister de composición
de teatro musical de la U. de Goldsmiths. Llegué ahí por un casting y me dieron
uno de los roles protagónicos; fue una experiencia bien corta pero muy
simpática igual, conocí algunos seres muy buena onda y también fue un
interesante aprendizaje sobre la creación de una obra musical acá, cómo se
arman ciertas cosas, cómo no se deben hacer otras, etc. También por estos días
llegó la Jesu a Londres a empezar el mismo curso que yo, lo cual hizo que
disminuyeran considerablemente mis ratos libres.
Terminado este musicalcillo (a fines de septiembre), comenzó
por fin mi caída libre al mundo real. Me puse a buscar pegas en diversas cosas,
desde restoranes hasta tiendas de tarjetas, y también algunas audiciones, sin
mucho resultado. Tuve un breve respiro con la breve pero linda visita de mis
padres, que estuvieron cuatro días por acá. Aproveché mi cesantía para sacarlos
a pasear por Londres, conversar de la vida, vimos un par de obras, y fuimos a
restoranes invitados por mi padre, lo cual en esta ciudad tan carera se
agradece con el corazón de la billetera.
Con mi madre en la catedral de Westminster
Luego de que se fueron, seguí con mi búsqueda hasta que
logré conseguir un trabajo en el duty free del aeropuerto de Heathrow como una
especie de promotor/vendedor. El problema fue que como para trabajar en el
aeropuerto piden una cantidad de antecedentes absurda, me demoré más de un mes
en empezar a trabajar. En el intertanto, trabajé de extra en un video
corporativo (en un video tan absurdo que no compartiré aquí), y en un call
center donde trabajan casi puros actores desempleados, y que es uno de los
lugares más horrendos que he conocido. Tuve dos días de “training”, y ya al
tercero tuvimos que empezar a llamar. Mi pega era tratar de vender –en
realidad, embutirles a la fuerza- “planes de vinos” a gente que alguna vez hace
años había comprado una botella en el sitio web de la empresa. Si usted, amigo
lector, me conoce un poco, sabrá que soy un hombre de pocas palabras (al menos
cuando estoy sobrio), más aún con gente que no conozco, y peor aún, hablando en
inglés. Es decir, no puedo imaginar un peor vendedor por teléfono que yo. Duré
tres horas y renuncié. Oh, y he seguido trabajando como extra en una que otra película, serie, o incluso como público en el nuevo Guitar Hero.
Trabajando de extra. Tuve que afeitarme in situ, todo por el miserable y delicioso dinero.
Por otro lado, conseguí mi primera pega profesional en el mundillo
musical, en un show llamado “Rox Vox”, una especie de concierto tributo a
grupos de rock de los 70s y 80s, con presentaciones en distintos lugares de
Inglaterra. Claro que empezamos a ensayar recién en enero, así que noviembre y
diciembre los pasé aprendiéndome las letras de las canciones, trabajando ya en
el aeropuerto, y también en otra pega musical que conseguí, en un coro llamado
London Cantamusica, con el que tuve el lujo de grabar unas canciones nada menos
que en los estudios de Abbey Road.
Entrada a Abbey Road
La misma entrada pero en 1969
Para los lelos, este estudio de grabación es uno de los más
famosos del mundo, y donde está la famosa foto de los Beatles cruzando la calle
(y hasta el día de hoy, gente incauta se sigue sacando fotos en el mismo paso
peatonal, creando un caos vial en una calle que no tiene ningún brillo. Es
básicamente un barrio residencial, como sacarse una foto en Pocuro con Pedro de
Valdivia. Claro que en vez de lanzas, aquí hay turistas japoneses; en vez de
quiltros, hay zorros de cola roja; en vez de guarenes, hay ratones que se bañan
y se peinan los bigotes). Entrar a ese estudio y ver fotos de todos los
próceres que han grabado en ese mismo lugar, comido en ese mismo casino y defecado
en ese mismo baño, fue bastante emotivo la verdad.
En el Studio 2 de Abbey Road
Esto fue a fines de noviembre. Por esa misma fecha, me
sorprendió la noticia de la muerte de mi abuelo Carlos (aunque nadie le decía
así, era el Papo, o simplemente el Pelao). Quizás uno de los mayores
temores/dolores que causa el estar lejos por tanto tiempo es justamente la
posibilidad de no volver a ver a uno de mis seres queridos, y bueno, fue
bastante duro pasar ese momento lejos de mi familia y de mi mamá. Pero gracias
a la tecnología pude estar ahí por Skype y mandando un par de canciones en
homenaje al viejo.
El Papo, fanático de la UC, con sus yernos y nietos, todos de la U, celebrando el campeonato Azul de 1999.
Diciembre se pasó rápido trabajando en el aeropuerto y
ensayando con el coro para nuestra presentación de principios de enero. Además,
tuve la ceremonia de graduación de la universidad, con los típicos sombreros y
túnicas ridículas. Lo mejor es que estábamos obligados a arrendarlos, por
supuesto a un único proveedor que tenía la desfachatez de cobrar 50 lucas por
arrendar esa túnica y sombrero por tres horas miserables. Pero en fin… fue un
lindo momento de compartir con mis compañeros última vez como curso, y también
cantamos en la ceremonia y tuvimos la oportunidad de estrechar la mano del señor
que es el rector de la U. of London (no nos entregaron diplomas, así que
literalmente la ceremonia se trataba de que cada estudiante estrechara la mano
de ese señor con cara de sáquenme de aquí). La ceremonia fue en el mismo teatro
y escenario donde pocas semanas antes fui a ver al gran Art Garfunkel, que a
sus 128 años sigue cantando tan hermosamente como siempre.
Algunos lelos de mi curso
Más lelos aún
Lanzando los sombreros más caros del mundo
Para Navidad, fuimos con la Jesu a la casa de sus tíos en
Niza, que nos recibieron hermosamente y nos alimentaron aún mejor. Fue la
primera Navidad en 32 años que paso lejos de mi familia, por lo que fue un poco
raro, pero nos trataron tan bien que igual me sentí como en casa. Además
paseamos por Niza y sus alrededores, entre ellos Mónaco (que es como un hotel
hecho ciudad) y San Remo (para los indoctos, queda muy cerca de Niza, pero en
Italia), que pese a su encanto italiano, está bastante a mal traer en
comparación a las ciudades francesas. Conocimos muchas ferias navideñas, con
unos niveles de decoración bastante impresionantes: en la de Mónaco, por
ejemplo, armaban un pesebre de tamaño natural y con monos animatronics sobre
los techos de los locales de la feria, junto con representaciones del viejo
pascuero y su séquito de renos y enanos, e incluso animales de las distintas
regiones del mundo, entre ellos, fauna de los polos, incluyendo osos polares,
pingüinos, morsas y hasta una ballena. Sí, una ballena en Navidad. Porque los
cetáceos barbados también esconden regalos debajo de un pino de plástico y
comen un pavo y caminaron a lomo de camello por el desierto de Palestina para
adorar al niño Jesús.
Pesebre sin presupuesto en Mónaco
Porque no hay Navidad sin pingüinos ni ballenas
Castillo navideño en la Plaza de Niza
A propósito del Viejo Pascuero, quiero invitar a una pequeña
reflexión navideña en pleno mes de mayo, de algo que me percaté pasando la
navidad en Francia. Chile es el único país del orbe donde el personaje tiene
ese nombre tan horrendo, además de inexacto (ya que hace referencia a la Pascua
y no a la Navidad!!). En el resto del mundo se le llama o San Nicolás (y todas
sus derivaciones, como Santa Claus), o bien Papá Noel (Père Noël, Babbo Natale, o sea, “Papá Navidad”). En los
países nórdicos, influidos por su mitología, se le conoce como “duende de
Navidad”. Desconozco cómo le llaman los cetáceos barbados, pero seguramente
hasta ellos son más razonables que nosotros en Chile.
En fin. Junto con vaciar nuestro
Congreso Nacional y llenarlo con chimpancés (que de seguro harán mejor la pega
que nuestros parlamentarios actuales, sin corrupción y sin esos cobrar sueldos
estratosféricos), propongo un movimiento nacional por re-bautizar al pobre
hombre de la Navidad, que es conocido con nombres cariñosos en todo el mundo
menos en nuestro país.
Otra linda tradición navideña
francesa que conocimos fue los increíbles pesebres que ponen en las iglesias,
que básicamente reproducen un pueblo entero de la Provence francesa, con todos
sus personajes y oficios típicos, y en medio del pueblo, el pesebre. Pero sin
duda lo más lindo fueron los cantos de la misa de Navidad, donde como buenos
amantes de la buena mesa, los franceses hacen referencia a su gloriosa
gastronomía. Como en este estribillo que reproduzco a continuación:
Un enfant est
né, bergers, réveillez vos bêtes
Un enfant est
né, bergers, venez a la fête!
Que en español sería algo así:
Un infante es un nene, hamburguesas, rebélense ustedes
betarragas
Un infante es un nene, hamburguesas, vienesas y el filete!
Bueno. Esa fue la Navidad. Volvimos a Londres después de año
nuevo y llegué de cabeza a ensayar para Rox Vox, y también a la función de
Epifanía que hicimos con el coro Cantamusica de la ópera Amahl and the Night visitors, una especie de ópera corta navideña.
Ensayar para Rox Vox fue un hermoso placer, ya que es un
concierto con muchas de mis canciones favoritas de mis grupos favoritos, así
que meterme a una sala de ensayo y cantar Queen, Led Zeppellin o AC/DC entre
otros y que me pagaran por eso fue bastante gratificante. Y más aún, el grupo
que se armó es muy buena onda; somos cuatro cantantes, dos hombres y dos
mujeres, todos ellos con harta experiencia así que ha sido un aprendizaje muy
grande para mí trabajar con ellos. Además de ser muy talentosos y grandes
compañeros de pega: realmente un gran regalo. Tenemos además una banda de 5
chiquillas, probablemente las mujeres más rockeras que he conocido en mi vida,
muy secas y también muy buena onda. El show tiene además hartos vestuarios,
luces y rayos láser así que tiene toda la estética de un concierto de rock
ochentero. Hasta ahora nos hemos presentado en varios pueblos y ciudades en el
norte de Inglaterra y Escocia, que es como ir al sur de Chile, donde la gente
suele ser más cálida y receptiva, así que al final de cada presentación
terminan todos cantando y bailando, con señoras de la edad de mis abuelas
agitando la cabeza y gritando “Hiiiiighway to hell!!”. Un lujazo. Y al final de
cada función nos saludan muy cariñosamente, se sacan fotos con nosotros, hasta
nos piden autógrafos, así que por un rato me siento como un rockstar de pueblo
chico.
Mi hermoso team de Rox Vox
Rockeando en algún rincón de UK
Eso sí, tuvimos varias funciones en enero y febrero, una en
marzo y ahora estamos en stand by hasta junio, así que estos últimos casi dos
meses han sido un poco fomes en cuanto a pega. Tuve que buscarme otro trabajo
para complementar el del aeropuerto, así que me puse a trabajar en una agencia
que pone staff en eventos de toda índole. Me ha tocado hacer de mozo, trabajar
en el bar, guardarropía, armar y desarmar mesas, y una serie de tareas no muy
gratas (una vez me tocó pararme al lado de un vómito para evitar que la gente
lo pisara. Fueron 20 minutos deliciosos), usualmente en jornadas largas y
pagadas no muy bien, y con jefes que a veces te tratan como a un orangután o
mejor aún, un pez luna un con retraso mental. Cuando alguno de estos tipos
pedantes me empieza a explicar cómo doblar una servilleta o limpiar un vaso
como si yo fuera un perfecto zoquete, no puedo evitar pensar para mis adentros
que tengo un Master y un conocimiento asombroso sobre la fauna marina. Pero
luego suspiro y me consuela pensar que muchos de los que trabajan ahí poniendo
la mesa conmigo son también graduados de carreras, masters o incluso doctorados
de disciplinas inútiles como teatro, literatura, cine o incluso ciencias de la
computación.Pero bueno, hay que sobrevivir de alguna forma en esta ciudad.
También he seguido yendo a audiciones, algunas de comerciales, otras de teatro,
y ahora estoy a la espera de los resultados de una bastante interesante que
tuve la semana pasada.
Cosas que uno puede comprar en Londres
Para ir cerrando esta larga edición, valga decir que desde
hace unas tres semanas el invierno empezó a retroceder –al fin!-. Debo
reconocer que entre el frío, los días tan cortos, y las pegas fomes me empecé a
deprimir un poco, pero ya a fines de marzo empezó a salir más el sol, y hasta
puedo darme el lujo de salir a la calle sin chaqueta. Y hace un mes me cambié a
una nueva casa en un barrio muy simpático con unos tipos que estudiaron en
Central (aunque no en mi mismo curso), luego de deambular por varios lugares en
los últimos casi seis meses, así que eso también ha sido una parte positiva de este
último tiempo. Como detalle casi gracioso, al frente de mi casa hay una plaza,
y en la mitad, como si nada, una torre medieval, que en algún momento fue parte
de una iglesia pero la iglesia se cayó y la reconstruyeron a cinco cuadras, así
que la torre quedó ahí sola.
Saint Mary's Tower, al lado de mi casa
Lo lindo es que se llama Saint Mary’s Tower, o sea, la Torre
Santa María. Así que cada vez que la veo, recuerdo el río Mapocho y ese cruce
de la Costanera Norte que debería recibir el premio a la conexión de autopista
peor pensada del mundo terrestre y submarino. Sí, le hablo a usted, al
grandísimo inepto que diseñó esa entrada y salida a la autopista pensando con
el recto y que creó un taco enorme, innecesario y totalmente evitable gracias a
su inconmensurable idiotez. Y para remate tiene el descaro de poner un pórtico
del Tag ahí mismo, para recordarnos que en Chile nos cagan por todos lados y
encima nos cobran por eso. Un lobo marino es un ingeniero más capaz que usted,
señor Costanera Norte. Y una medusa ciertamente tiene mayor sentido de la ética.Bueno, han sido muchos meses, así que cualquier omisión u
olvido de cosas importantes que pueden haber pasado por acá es totalmente a
propósito, tal como los insultos. Si hay algún olvido importante e
involuntario, lo agregaré como un extra, o haré un sorteo entre mis lectores
para que sólo algunos lo reciban por correo.
Tengan todos un feliz día de Star Wars (4 de mayo, o sea, May the fourth, como en May the force be with you, para todos quienes tienen una vida plena y no necesitan saber esta clase de supercherrías):