martes, 15 de diciembre de 2015

Estamos bien a los 33

Primero debo aclarar que empecé a escribir esto en la víspera de mi cumpleaños, cuando cumplir 33 años todavía era contingente. Cuando estuve listo para publicarlo pasó el atentado en París y como fue una semana muy atiborrada de cosas en Facebook, decidí esperar un poco más, y luego entre el frenesí de las últimas semanas y las preparaciones para mi nuevo viaje a Chile, lo olvidé. Así que aprovecho que tengo una escala de 9 horas en Rio de Janeiro para subir esto por fin. Lo bueno de la demora es que estas últimas semanas pasaron cosas bastante interesantes que podré incluir en esta edición. Así que si aguantan hasta el final se toparán con un par de apasionantes anécdotas que incluyen encuentros cercanos con celebridades.

Antes que nada, pido disculpas por ser uno más de los oportunistas que en los últimos años han usado la famosa frase de los mineros adaptándola a sus propios intereses y/o falta de imaginación. Pero por otro lado, nunca más cumpliré 33 años, sobre todo yo que no creo en esas cosas de la reencarnación (y aún así, si la reencarnación sucediera y volviera a cumplir 33 años en otra vida, nunca lo podría saber, ya que uno no se acuerda de sus otras vidas a menos que le pague 50 lucas a un parapsicólogo para luego verse en vidas pasadas siendo caballero medieval, vikingo, faraón, o cosas por el estilo –por alguna razón, en todas las historias de regresiones que he escuchado las personas se ven como parte de la realeza de alguna civilización bien conocida, o viviendo en medio de idílicos paisajes en los Alpes o algún bosque salido de los libros de cuentos. Nadie se ve como contador auditor en el tedioso San Fernando de 1890, o como cuidador de los puercos de un anónimo señor feudal, o como un sastre deprimido y alcohólico en la fría Siberia de principios del siglo XVIII, ni menos como un limpiador de tubos del órgano de la iglesia de Etzweiler en el siglo XVI. O menos todavía, como simple recolector de frutos en alguna tribu desconocida de las selvas de Papúa Nueva Guinea. Y por ningún motivo, como tramoya del teatro de Tulsa, Oklahoma en los 1800. No señor: nadie se ve haciendo oficios mundanos y aburridos, como los que ha realizado el 98% de la población mundial desde el inicio de la humanidad. Espero en todo caso no haber ofendido a nadie con esta reflexión. Si es así, les recuerdo que yo mismo soy un hombre muy religioso y tal vez ocuparé este espacio en el futuro para burlarme de mí mismo. En fin, ya es hora de volver a lo que estaba diciendo en un principio, y de cerrar este paréntesis. Ahí va: ).

Decía que no volveré a cumplir 33 años, y nunca más podré usar la frase de los mineros con tanta propiedad. Así que ahí está. Demás está decir que cuando era adolescente ya llegar a los 30 parecía una eternidad, de hecho cuando nació mi hermana Antonia yo tenía 15 años, y pensaba “cuando ella cumpla mi edad de ahora, yo voy a tener 30, qué vejez!”. Ahora ella tiene 17, y yo ya hace tres años pasé el límite que me autoimpuse como vejez. Probablemente en esa época creía que a los 33 ya estaría casado, con hijos, una casa, un trabajo decente, y tal vez un hámster porque no me gustan los perros. Sin embargo, la vida me encuentra soltero, sin hijos, arrendando una pieza en un departamento en Londres con una distribución diseñada por un chimpancé, e intentando ganarme la vida como actor (o sea, trabajo no decente). Y mi única mascota es una mosca enana que vuela en mi pieza… me aburrió la mosca, así que la maté y me quedé sin mascota.

Aun así no me quejo, porque por otro lado sigo viviendo en Londres, trabajando (o al menos intentándolo) en algo que me apasiona, y aprendiendo muchas cosas sobre teatro, música, y sobre la vida en general. Como ya he dicho en alguno de mis berrinches anteriores, vivir afuera le da a uno cierta distancia de las cosas, permite ampliar la mirada y salirse de muchos moldes y estructuras mentales que uno inevitablemente desarrolla cuando crece y vive siempre en un mismo lugar.

Con mi torta personal

Como última reflexión sobre cumplir 33, puedo decir que he llegado a la edad de Cristo sin acercarme en absoluto a ninguno de sus logros ni virtudes ni carisma ni nada, salvo en el largo del pelo, que sumado a la barba ha hecho que algunos colegas del aeropuerto ahora me llamen “Spanish Jesus”. Por lo mismo, me inspiré en ese gracioso sobrenombre algo racista (porque en cierta forma implica que no soy lo suficientemente blanco como para ser llamado simplemente “Jesus” según los estándares ingleses, que imaginan a Jesús con tez muy clara y pelo idealmente castaño claro; incluso una vez vi en EEUU una Biblia para niños con ilustraciones de Jesús ¡rubio!, como si fuera Thor, el Dios nórdico del trueno) para mi disfraz de Halloween, que además calza con mi cumpleaños así que tal como desde que llegué a Londres, mis amigos londinenses me organizaron un cumpleaños/Halloween muy simpático en el que tuve que tomar con moderación porque me pareció impropio tener a un Jesús ebrio en la fiesta.



Con respecto a mi vida en los últimos seis meses, puedo decir que las cosas siguen más o menos parecidas a la última vez que escribí. Sigo con el show de rock (que ahora se llama ‘One Night of Rock’), y he seguido conociendo lugares simpáticos alrededor del Reino Unido. También tuve un par de nuevas grabaciones en Abbey Road con el coro Cantamusica, y he seguido audicionando para distintos asuntos. En junio tuve un casting para un comercial de afeitadoras Philips del cual salí convencido que había sido el peor casting de mi vida –me pasaron una escena para aprenderme antes de entrar, y una vez adentro, la persona que hizo la escena conmigo dijo cualquier cosa menos lo que estaba en la página y yo me paralicé sin saber qué hacer, y luego de 45 segundos me dijeron muchas gracias hasta luego-, y mientras caminaba frustrado de vuelta a la casa me dije que nunca más iba a audicionar para comerciales. Por esos sinsentidos de la vida, a los pocos días me llamaron  para darme la pega. Al parecer al director le gustó mi reacción de quedar paralizado. Lo bueno de hacer comerciales es que uno trabaja un día y te pagan lo mismo que gana Alexis Sánchez en 5 minutos, pero que igual es buena plata. Eso sí, el comercial por alguna razón no se usó, así que no podré compartirlo ni siquiera conmigo mismo.

Un jocoso workshop para un musical con la gran directora Jo Davies


Aparte de eso, empecé a trabajar para otra compañía que pone staff en eventos, y me ha tocado hacer las mismas pegas de mozo y cosas por el estilo pero por plata decente, en eventos harto mejores, con gente muy millonaria que paga fortunas para que los canapés sean servidos sobre pétalos de rosas, o para comprar lujosos chaquetines para los 30 mozos sólo para la ocasión. Y no es chiste. También me han salido algunas pegas sorpresa cantando en eventos; hace algunas semanas me tuve que disfrazar de Fantasma de la Ópera y cantar en una premiación de una escuela de teatro musical para niños.

Como siempre, en estos meses he padecido visitas ilustres, como la de mi entrañable primo de tercer grado Ernesto y mi cuñada de tercer grado Jesu, con quienes recorrimos museos, parques y calles de barrios desconocidos en bicicleta. Luego vino mi ex camarada de periodismo y bachillerato Tomás Pollak, junto a su señora Caro y a su hija que yo no sabía que existía y por eso no los reconocí en un principio cuando los vi en la calle con un coche. También estuvo por acá mi viejo amigo Panchuco (aunque después de años de amistad me vine a enterar que no le gusta que le digan así, así que lo llamaremos Francisco), con quien también compartimos gratos momentos aunque no sacamos ninguna foto. Y con esto del mundial de rugby, recibí la visita de un senador de la República que, cansado de hacer fechorías en Chile, se vino a descansar y gastar sus millones viendo el rugby. Sin embargo, no le di mi número de teléfono así que gracias a Dios no nos topamos.

Visita de Panchuco sin Panchuco en la foto


Además de estas visitas temporales, hace unos tres meses mi vieja amiga Ale Hahn (vieja porque nos conocemos hace unos 22 años, y sobre todo porque ya está un poco vieja) llegó a Londres a vivir con su amable novio llamado el Caluga, así que no me ha faltado compañía chilena, y por ende mi inglés ha empeorado en un 15%.

Un capítulo interesante de estos meses fue la experiencia de vivir la Copa América desde acá. Como todos ustedes sabrán, soy un gran hincha de cartón del fútbol, que sigo a mi equipo o a mi selección fielmente cuando las cosas van bien, y pierdo el interés cuando van mal. Y como actualmente el caso es que –casi por primera vez desde que tengo uso de razón- la selección chilena juega bien, he sido un fiel hincha. Por la diferencia horaria, todos los partidos de Chile en la copa empezaban pasadas las 12 de la noche, así que vi los dos primeros en mi computador en algún sitio trucho de internet acostado en mi cama, pero a partir del tercero empezamos a ir con el Shico y otros chilenos a un bar llamado “El Comandante” (así, en español), en homenaje al Comandante Che Guevara. El dueño es un señor boliviano muy gracioso, que abría su local pese a que por ley los bares cierran antes de las 12 en la semana. Así que tenía que apagar casi todas las luces, y no nos dejaba gritar muy fuerte para no alertar a los vecinos o al FBI. Por supuesto no tenía TV cable, así que para mostrar los partidos se conectaba a los mismos sitios truchos de internet que usaba yo.

La final, que fue a un horario más decente, la vimos en otro bar más grande que se repletó de chilenos, tanto que junto a mi buen amigo y también ex camarada de periodismo y bachillerato Jorge Díaz nos quedamos justo afuera de la puerta para no respirar el olor a rodilla que había dentro de ese antro. Demás está decir que después del penal de Alexis todo fue jolgorio y abrazos y chilenos gritando en la calle.

En lo personal, sentí el extraño vacío de por primera vez no perder y ganar algo importante. No sabía qué hacer con la sensación de triunfo, sin el peso de otra derrota más. En todo caso, fue emocionante vivir esta situación inédita rodeado de chilenos, aunque sólo conocía como a cuatro o cinco.

Poco después de estos felices hechos, viajé a Chile por tres semanas, con la excusa del matrimonio de mi primo Albert y en menor medida porque hacía más de un año que no iba.  Como las anteriores veces que he vuelto al país, fue también una buena oportunidad para ver a mi familia y a los buenos amigos que se echan de menos estando fuera, y también para organizar reuniones para que estos amigos se vuelvan a ver entre ellos, ya que si yo no organizo algo estos vacas no se juntan. A algunos amigos que quería ver no los alcancé a ver, pero en compensación a otros que no quería ver bajo ninguna circunstancia tampoco los vi.

El matrimonio de Albert estuvo muy simpático y además en la fiesta pude cantar algunos viejos hits del rock junto a mi antigua banda Xtenso, lo cual me valió la admiración de muchas señoras presentes.

Con mis padres en el matri.


Para ir cerrando, en las últimas semanas tuve dos episodios bastante graciosos e inesperados. El primero una pega que me salió a través del coro Cantamusica (el mismo de Abbey Road), en la que necesitaban al coro de niños, más un tenor y un barítono, para salir como extras cantando en una película. No sabíamos qué película era, pero a juzgar por los vestuarios que nos dieron (unas capas negras con capucha) pensábamos que podía ser un documental para la BBC o algo por el estilo. Estuvimos todo un día sentados en el lugar de grabación sin hacer nada –salvo comer, y bastante bien gracias al catering de la producción-, y recién al segundo día nos tocó entrar al set de filmación, que era una especie de gran templo masón. Aparte de nosotros habían como 200 extras con sus capuchas, y un actor principal ensayando la escena que era entrar a la cosa por el pasillo, llegar hasta el altar y dar un discurso. Cuando por fin empezó la filmación, entró el actor real, que no era otro que Jeremy Irons, y casi me oriné. Poco después entró Michael Fassbender a la escena, y caímos en cuenta de que estábamos en una hiper mega producción cuyo nombre no puedo revelar, pero que tiene las iniciales Assassin’s C., o más bien A. Creed. Lo más gracioso es que hacia al final de la canción tengo un par de líneas solo, así que en una de esas aparezca mi voz en la película. Aunque en estas cosas uno nunca sabe. Tendré que esperar al estreno de la película el próximo año para saber.

Lo otro fue un evento en el que trabajé la semana pasada como mozo (en realidad, como encargado de guardarropía), y que fue una de las situaciones más surrealistas que he vivido. Era una fiesta privada en un departamento en el centro de Londres, donde me advirtieron que podrían llegar famosos, sobre todo políticos, y de hecho así fue. Pero además llegó un desfile de celebridades, y me vi en la absurda situación de recibir las chaquetas y conversar brevemente con gente que uno ve en las películas o en la alfombra roja de Hollywood. Lamentablemente firmé un contrato por el que no puedo publicar detalles en internet, pero al que me invite una cerveza en Chile puedo contarle con qué personajes me topé.


Y para terminar, tuve recientemente días la alegría de compartir con mis queridos Berni y Shico la llegada de su hijo Manuel, hace 10 días. Tener al enano en brazos fue ciertamente más emocionante que ayudar a Hugh Grant con su chaqueta, o a Rupert Everett a usar su celular, o a Ian McKellen encontrar sus cigarros perdidos. Bah, se me salió.

Postal de Chile: blanca navidad con 40 grados de calor.