lunes, 4 de mayo de 2015

Welcome to real life

Es una maravilla que la última vez que publiqué algo en este blog fue hace unos 10 meses. Más maravilloso aún son mis intentos fallidos por terminar de escribir. Esta es al menos la tercera vez que cambio el número de la primera frase de este párrafo: la primera vez que lo hice decía “6 meses”, la segunda “8 meses”, así que espero ahora terminar de empezar de una buena vez.

En fin. Han pasado tantas cosas en estos 10 meses que no sé por dónde empezar. Probablemente lo mejor será hacer un pegoteo con todos los intentos que hice por empezar a escribir esta cosa y que nunca terminé.  Porque, en efecto, mi intención era actualizar este blogz hace un buen tiempo para que mis 8 fans no tuvieran que esperar tanto tiempo. Pero las vicisitudes, ocupaciones, pesares, alegrías y pesares de este tiempo me han mantenido tan ocupado que no he tenido el tiempo, la energía, la imaginación o el aplomo de sentarme a escribir en mi fiel computador.

En fin, regresemos en el tiempo a fines de Julio de 2014, en mi primer intento por escribir este asunto, cuando aquí el verano vivía sus últimos estertores antes de sumirse en una lenta agonía:

Verano de 3 semanas
En realidad, 6 semanas, para ser justos. Desde enero-febrero de 2013 que no tengo un verano decente, con días de sol, olor a traspiración que sobrepasa el desodorante, y tantas bondades de nuestro verano en la Región Metropolitana de Santiago. La última vez que escribí aquí, hace tres meses, la primavera londinense estaba recién apareciendo, con los primeros días de sol y algo de calor para los estándares de acá (o sea, salir sin chaqueta, y si se anda de suerte, con el polerón en la mano). Ahora el verano es cosa del pasado, de hecho hace más de un mes el clima volvió a su nubosidad habitual, si bien todavía las temperaturas no bajan taaanto.

La brevedad de mi verano se vio extrapolada por mi visita a Chile de tres semanas en pleno julio: las tres semanas más soleadas en Londres, y pleno invierno en Santiago. Pero basta de clima y vamos a cosas aún menos interesantes.

En mi última publicación, quedé ad portas de terminar mis clases y comenzando a ensayar para la obra La Tempestad. Lo cierto es que, luego de un año fantástico en la escuela, nuestra última actividad como curso resultó ser la menos fantástica de todas; de hecho, fue un tanto terrible. El cuento corto es que la última unidad tenía como objetivo llevar la performance de teatro musical a espacios no convencionales –como por ejemplo, la calle. Para esto, nos asociamos a un par de “artistas conceptuales” que junto a un señor que nos vendió la pomada desde principios de año, tenían un proyecto que tenía que ver con el reciclaje de pantys, y armaron una pelota del porte de una pelota saltarina (qué simples eran los juguetes a principios de los 90s… una pelota con cachos para saltar, de marca Otto Krauss. Qué lindos tiempos) echa de puras pantys.

El proceso de trabajar con esta gente fue bastante latero, y el resultado final no fue muy ameno. De hecho, no dejó a nadie de nosotros muy feliz, pero bueno, fue de esas experiencias donde uno aprende que hay experiencias de las que uno no aprende nada. Sin embargo, al menos tuve la oportunidad de trabajar de cerca con mi grupo que en este caso fueron mis queridos colegas Amy, Danni y Jordan, con quienes pese al sinsentido reinante lo pasamos bien haciendo el loco.

Paralelamente, mientras ensayábamos para la performance esa, estuve ensayando para The Tempest. Los ensayos eran en una Iglesia que tenía un bello cementerio alrededor, y como los días estaban bonitos hicimos algunos ensayos entre las tumbas. El momento más emotivo del proceso fue, luego de nuestro ensayo general con público y a dos días de partir la temporada oficial, cuando la actriz que estaba haciendo de Próspero (el personaje principal) se tuvo que salir porque no logró aprenderse bien el papel. Así que a última hora, entró un actor que había hecho el rol hace algunos años, y algo se acordaba.

Bajando al teatro

Escenario y algunas graderías del teatrito


Partimos en tren al teatro Minack, que queda en la punta sur oeste de Inglaterra, a unas 5 horas de Londres. Llegamos y el día estaba fenomenal, el teatro es realmente increíble, construido en un acantilado, al aire libre, tallado en la roca, con vista al mar… uno de esos lugares que es difícil describir y en los que hay que estar para comprender su real majestuosidad. El día que llegamos se nos unió Alan Cox (el nuevo Próspero), hicimos un par de pasadas, y ya al día siguiente empezamos con funciones. Fueron seis días de funciones, dos de ellos con presentaciones en la tarde y en la noche, y fue en realidad la mejor forma de tener mi primera experiencia profesional en Inglaterra. Si alguien hace un año me hubiera dicho que iba a trabajar actuando Shakespeare en inglés, ni me lo habría soñado; menos aún que iba a actuar en un teatro al borde del mar, con todas las funciones repletas con más de 800 personas pese al sol, al frío de la noche, o a la lluvia del último día. Realmente fermoso. Y cada noche después de función íbamos al pub del pueblo –sí, el único pub del pueblo, es muy chico- a tomarnos unas cervezas y qué se yo. No puedo más que agradecer enormemente la oportunidad, y a Emma (mi directora) por haberme invitado a trabajar en esto.

Mi camarín
Paseando por los alrededores del Minack con mi amigo irlandés
Apenas volvimos a Londres, tuve el “Summer ball” de mi escuela, o “baile de verano” para los iletrados. Fue bastante chistoso, estaban la mayoría de mis compañeros y lo pasamos fantásticamente, habían unos travestis de dos metros con grandes tacos repartiendo shots de tragos gratis –lo cual en este país es un lujo (los tragos gratis, no los travestis con tacos)-, haciendo de la fiesta un momento aún más jolgorioso. Aunque las fotos puedan dar a entender que fue una noche de desenfreno, lo correcto es decir que fue una tarde más bien, ya que el carrete partió a las 7 y terminó a las 11.30. Así se carretea en Londres, caramba.

Fotos de la fiesta dentro de un kiosko donde caben 2 personas

No sé qué está pasando en esta foto




Y sólo un día después, partí de vuelta a Santiago. Me bajé del avión a ensayar con el coro para el matrimonio de mi querida prima Dani, que estuvo a todo cachete, pese a que la diferencia de 5 horas y la costumbre inglesa de carretear hasta temprano me tenía medio muerto a las 11 de la noche en Chile. Fue muy lindo ver nuevamente a mis primos, tíos, abuelos y parientes varios, sobre todo algunos que no veía hace mucho tiempo, como mis viejos primos de decimo cuarto grado Ernesto y Cristóbal.

El resto del tiempo en Chile lo dediqué a juntarme con varios de mis viejos amigos, y una buena parte la gasté tratando de sacar nuevamente mi carnet de identidad y el de manejar. Perdí tres mañanas en filas interminables, literalmente interminables porque al final no logré sacar ningún carnet y tuve que irme con el rabo entre las piernas, unas piernas sin identificación ante el Estado de Chile.

Los primos Iturriaga más algunos impostores


No me importa sonar como los amargados que encuentran que todo en Chile funciona pésimo y que afuera todo es mejor, ya que en realidad, siempre lo he sido. Pero obviamente vivir afuera da una cierta perspectiva y permite apreciar los contrastes, y las dos veces que he vuelto a Santiago en este último año se me hace una ciudad más difícil de aguantar. Aparte del insultante Transantiago –que obliga a preguntarse qué diablos han hecho las autoridades de Transporte en el país para que NADA mejore en los últimos años-, aparte de los tacos, de las siniestras notarías, de las burocracias, me da la impresión de una ciudad cada vez más agresiva. Desde gente cualquiera que uno se topa en la calle, te empuja o te toca la bocina porque sí, hasta personas que uno creía cercanas –como tristemente me tocó presenciar-, pueden transformarse en verdaderos energúmenos. O  en que pase impune que te cobren ¡10 lucas por dos horas de estacionamiento! en un lugar como la Plaza Ñuñoa (espero que su brillante alcalde esté orgulloso de que estacionarse ahí sea más caro que hacerlo en Londres), o…”


Eso en cuanto a mis escritos inconclusos. No sé qué habré querido decir después de ese “o”, pero ante la desvergüenza nauseabunda de los últimos acontecimientos en el país y que todos conocemos, prefiero no echar más leña al fuego ni contribuir a la depresión de mis lectores. Sólo diré que en estos momentos me alegro mucho de estar fuera de Chile y vivir en otro país con una política similarmente podrida, pero de la cual entiendo poco y nada. En todo caso, pareciera ser que por estos lados las autoridades y poderes económicos son un poco más pudorosos al momento de robarse el país, y el estado proporciona algunas cuantas seguridades más que en Chile al ciudadano de a pie.
Ahora intentaré relatar en forma breve, amena y rectangular la etapa siguiente, que básicamente consiste en mi salto del lugar cómodo y tibio de la escuela, al incierto mundo del actor cesante en busca de la supervivencia en una ciudad extranjera, y sin una madre presidenta que me facilite un préstamo de 6.500 millones de pesos.

Siempre es un placer recibir la visita de viejos amigos.

Aunque antes de dicho salto, tuve un período de cómo un mes de terminar mi tesis de magister. Empecé la investigación antes de viajar a Chile, aunque esa investigación consistió en sentarme en la biblioteca de la universidad, hojear libros que podían servirme y anotar sus nombres en un papel. De vuelta en Londres, profundicé dicho método de investigación anotando los nombres ahora en el computador, y luego dedicando buen rato a observar la pantalla esperando que la tesis se comenzara a escribir. Este método no dio los resultados esperados, y debí tomar el toro por las astas y empezar a escribir yo mismo. Intenté hacerme una rutina diaria de ir a la escuela a trabajar, sin embargo, como ha sido una constante en mi vida creativa, intentar trabajar en el día con el sol brillando en el exterior fue un fiasco. Así que asumí mi realidad y por un par de semanas viví de noche hasta terminar mi tesis. Con la ayuda de mi brillante profesor guía Zach Dunbar (uno de los tipos más geniales que he conocido en mi vida), llegué al título final que es “How local can you get? Assessing the convergence of text between Chilean song and English-speaking Musicals”. Para los peleles, esto se traduce como “¿Qué tan local se puede llegar a ser? Análisis de la convergencia del texto entre la canción Chilena y el Musical de habla inglesa”. Ahora que lo traduzco al español, el título suena bastante más enredado de lo que pensaba. Básicamente, mi tema fue analizar ciertas características del teatro musical tradicional (o sea, anglosajón) y ver cómo se pueden combinar con elementos chilenos para crear un teatro musical chileno que sea realmente local y no sólo una mera copia de fórmulas extranjeras.
Eso, en líneas generales, fue mi tesis de magíster, que entregué la segunda semana de Septiembre. Fue un proceso intenso, donde aprendí mucho, y si fuera una persona organizada podría haberlo terminado sin trasnochar y con algo de mayor maduración en el tiempo, pero dentro de todo quedó bastante decente. Tan así que saqué (al parecer) la mejor nota del curso, lo cual habla o muy bien de mí, o pésimo de mis compañeros que fueron superados por el estudiante extranjero que ni siquiera habla inglés.

Graciosamente, esta investigación también me llevó a apreciar con nuevos ojos la genialidad de algunos de nuestros autores chilenos, sobre todo Víctor Jara y la Violeta Parra. Lo cual también se vio reforzado gracias a nuestra bandita de música chilena con la Berni Batlle, y el Shico. Tuvimos un par de tocatas simpáticas para el 18 de septiembre en un par de “fondas” chilenas en Londres, aunque luego este par de desgraciados se fueron a Chile por tres meses.

Coincidiendo con el final de mi tesis, empecé a ensayar para un pequeño musical, parte de una muestra de obras del magister de composición de teatro musical de la U. de Goldsmiths. Llegué ahí por un casting y me dieron uno de los roles protagónicos; fue una experiencia bien corta pero muy simpática igual, conocí algunos seres muy buena onda y también fue un interesante aprendizaje sobre la creación de una obra musical acá, cómo se arman ciertas cosas, cómo no se deben hacer otras, etc. También por estos días llegó la Jesu a Londres a empezar el mismo curso que yo, lo cual hizo que disminuyeran considerablemente mis ratos libres.

Terminado este musicalcillo (a fines de septiembre), comenzó por fin mi caída libre al mundo real. Me puse a buscar pegas en diversas cosas, desde restoranes hasta tiendas de tarjetas, y también algunas audiciones, sin mucho resultado. Tuve un breve respiro con la breve pero linda visita de mis padres, que estuvieron cuatro días por acá. Aproveché mi cesantía para sacarlos a pasear por Londres, conversar de la vida, vimos un par de obras, y fuimos a restoranes invitados por mi padre, lo cual en esta ciudad tan carera se agradece con el corazón de la billetera.

Con mi madre en la catedral de Westminster


Luego de que se fueron, seguí con mi búsqueda hasta que logré conseguir un trabajo en el duty free del aeropuerto de Heathrow como una especie de promotor/vendedor. El problema fue que como para trabajar en el aeropuerto piden una cantidad de antecedentes absurda, me demoré más de un mes en empezar a trabajar. En el intertanto, trabajé de extra en un video corporativo (en un video tan absurdo que no compartiré aquí), y en un call center donde trabajan casi puros actores desempleados, y que es uno de los lugares más horrendos que he conocido. Tuve dos días de “training”, y ya al tercero tuvimos que empezar a llamar. Mi pega era tratar de vender –en realidad, embutirles a la fuerza- “planes de vinos” a gente que alguna vez hace años había comprado una botella en el sitio web de la empresa. Si usted, amigo lector, me conoce un poco, sabrá que soy un hombre de pocas palabras (al menos cuando estoy sobrio), más aún con gente que no conozco, y peor aún, hablando en inglés. Es decir, no puedo imaginar un peor vendedor por teléfono que yo. Duré tres horas y renuncié. Oh, y he seguido trabajando como extra en una que otra película, serie, o incluso como público en el nuevo Guitar Hero. 
Trabajando de extra. Tuve que afeitarme in situ, todo por el miserable y delicioso dinero.


Por otro lado, conseguí mi primera pega profesional en el mundillo musical, en un show llamado “Rox Vox”, una especie de concierto tributo a grupos de rock de los 70s y 80s, con presentaciones en distintos lugares de Inglaterra. Claro que empezamos a ensayar recién en enero, así que noviembre y diciembre los pasé aprendiéndome las letras de las canciones, trabajando ya en el aeropuerto, y también en otra pega musical que conseguí, en un coro llamado London Cantamusica, con el que tuve el lujo de grabar unas canciones nada menos que en los estudios de Abbey Road.

Entrada a Abbey Road

La misma entrada pero en 1969


Para los lelos, este estudio de grabación es uno de los más famosos del mundo, y donde está la famosa foto de los Beatles cruzando la calle (y hasta el día de hoy, gente incauta se sigue sacando fotos en el mismo paso peatonal, creando un caos vial en una calle que no tiene ningún brillo. Es básicamente un barrio residencial, como sacarse una foto en Pocuro con Pedro de Valdivia. Claro que en vez de lanzas, aquí hay turistas japoneses; en vez de quiltros, hay zorros de cola roja; en vez de guarenes, hay ratones que se bañan y se peinan los bigotes). Entrar a ese estudio y ver fotos de todos los próceres que han grabado en ese mismo lugar, comido en ese mismo casino y defecado en ese mismo baño, fue bastante emotivo la verdad.

En el Studio 2 de Abbey Road


Esto fue a fines de noviembre. Por esa misma fecha, me sorprendió la noticia de la muerte de mi abuelo Carlos (aunque nadie le decía así, era el Papo, o simplemente el Pelao). Quizás uno de los mayores temores/dolores que causa el estar lejos por tanto tiempo es justamente la posibilidad de no volver a ver a uno de mis seres queridos, y bueno, fue bastante duro pasar ese momento lejos de mi familia y de mi mamá. Pero gracias a la tecnología pude estar ahí por Skype y mandando un par de canciones en homenaje al viejo.

El Papo, fanático de la UC, con sus yernos y nietos, todos de la U, celebrando el campeonato Azul de 1999.


Diciembre se pasó rápido trabajando en el aeropuerto y ensayando con el coro para nuestra presentación de principios de enero. Además, tuve la ceremonia de graduación de la universidad, con los típicos sombreros y túnicas ridículas. Lo mejor es que estábamos obligados a arrendarlos, por supuesto a un único proveedor que tenía la desfachatez de cobrar 50 lucas por arrendar esa túnica y sombrero por tres horas miserables. Pero en fin… fue un lindo momento de compartir con mis compañeros última vez como curso, y también cantamos en la ceremonia y tuvimos la oportunidad de estrechar la mano del señor que es el rector de la U. of London (no nos entregaron diplomas, así que literalmente la ceremonia se trataba de que cada estudiante estrechara la mano de ese señor con cara de sáquenme de aquí). La ceremonia fue en el mismo teatro y escenario donde pocas semanas antes fui a ver al gran Art Garfunkel, que a sus 128 años sigue cantando tan hermosamente como siempre. 

Algunos lelos de mi curso

Más lelos aún

Lanzando los sombreros más caros del mundo



Para Navidad, fuimos con la Jesu a la casa de sus tíos en Niza, que nos recibieron hermosamente y nos alimentaron aún mejor. Fue la primera Navidad en 32 años que paso lejos de mi familia, por lo que fue un poco raro, pero nos trataron tan bien que igual me sentí como en casa. Además paseamos por Niza y sus alrededores, entre ellos Mónaco (que es como un hotel hecho ciudad) y San Remo (para los indoctos, queda muy cerca de Niza, pero en Italia), que pese a su encanto italiano, está bastante a mal traer en comparación a las ciudades francesas. Conocimos muchas ferias navideñas, con unos niveles de decoración bastante impresionantes: en la de Mónaco, por ejemplo, armaban un pesebre de tamaño natural y con monos animatronics sobre los techos de los locales de la feria, junto con representaciones del viejo pascuero y su séquito de renos y enanos, e incluso animales de las distintas regiones del mundo, entre ellos, fauna de los polos, incluyendo osos polares, pingüinos, morsas y hasta una ballena. Sí, una ballena en Navidad. Porque los cetáceos barbados también esconden regalos debajo de un pino de plástico y comen un pavo y caminaron a lomo de camello por el desierto de Palestina para adorar al niño Jesús.

Pesebre sin presupuesto en Mónaco
Porque no hay Navidad sin pingüinos ni ballenas
Castillo navideño en la Plaza de Niza


A propósito del Viejo Pascuero, quiero invitar a una pequeña reflexión navideña en pleno mes de mayo, de algo que me percaté pasando la navidad en Francia. Chile es el único país del orbe donde el personaje tiene ese nombre tan horrendo, además de inexacto (ya que hace referencia a la Pascua y no a la Navidad!!). En el resto del mundo se le llama o San Nicolás (y todas sus derivaciones, como Santa Claus), o bien Papá Noel (Père Noël, Babbo Natale, o sea, “Papá Navidad”). En los países nórdicos, influidos por su mitología, se le conoce como “duende de Navidad”. Desconozco cómo le llaman los cetáceos barbados, pero seguramente hasta ellos son más razonables que nosotros en Chile.

En fin. Junto con vaciar nuestro Congreso Nacional y llenarlo con chimpancés (que de seguro harán mejor la pega que nuestros parlamentarios actuales, sin corrupción y sin esos cobrar sueldos estratosféricos), propongo un movimiento nacional por re-bautizar al pobre hombre de la Navidad, que es conocido con nombres cariñosos en todo el mundo menos en nuestro país.

Otra linda tradición navideña francesa que conocimos fue los increíbles pesebres que ponen en las iglesias, que básicamente reproducen un pueblo entero de la Provence francesa, con todos sus personajes y oficios típicos, y en medio del pueblo, el pesebre. Pero sin duda lo más lindo fueron los cantos de la misa de Navidad, donde como buenos amantes de la buena mesa, los franceses hacen referencia a su gloriosa gastronomía. Como en este estribillo que reproduzco a continuación:

Un enfant est né, bergers, réveillez vos bêtes
Un enfant est né, bergers, venez a la fête!

Que en español sería algo así:

Un infante es un nene, hamburguesas, rebélense ustedes betarragas
Un infante es un nene, hamburguesas, vienesas y el filete!

Bueno. Esa fue la Navidad. Volvimos a Londres después de año nuevo y llegué de cabeza a ensayar para Rox Vox, y también a la función de Epifanía que hicimos con el coro Cantamusica de la ópera Amahl and the Night visitors, una especie de ópera corta navideña.

Ensayar para Rox Vox fue un hermoso placer, ya que es un concierto con muchas de mis canciones favoritas de mis grupos favoritos, así que meterme a una sala de ensayo y cantar Queen, Led Zeppellin o AC/DC entre otros y que me pagaran por eso fue bastante gratificante. Y más aún, el grupo que se armó es muy buena onda; somos cuatro cantantes, dos hombres y dos mujeres, todos ellos con harta experiencia así que ha sido un aprendizaje muy grande para mí trabajar con ellos. Además de ser muy talentosos y grandes compañeros de pega: realmente un gran regalo. Tenemos además una banda de 5 chiquillas, probablemente las mujeres más rockeras que he conocido en mi vida, muy secas y también muy buena onda. El show tiene además hartos vestuarios, luces y rayos láser así que tiene toda la estética de un concierto de rock ochentero. Hasta ahora nos hemos presentado en varios pueblos y ciudades en el norte de Inglaterra y Escocia, que es como ir al sur de Chile, donde la gente suele ser más cálida y receptiva, así que al final de cada presentación terminan todos cantando y bailando, con señoras de la edad de mis abuelas agitando la cabeza y gritando “Hiiiiighway to hell!!”. Un lujazo. Y al final de cada función nos saludan muy cariñosamente, se sacan fotos con nosotros, hasta nos piden autógrafos, así que por un rato me siento como un rockstar de pueblo chico.

Mi hermoso team de Rox Vox
 
Rockeando en algún rincón de UK
Eso sí, tuvimos varias funciones en enero y febrero, una en marzo y ahora estamos en stand by hasta junio, así que estos últimos casi dos meses han sido un poco fomes en cuanto a pega. Tuve que buscarme otro trabajo para complementar el del aeropuerto, así que me puse a trabajar en una agencia que pone staff en eventos de toda índole. Me ha tocado hacer de mozo, trabajar en el bar, guardarropía, armar y desarmar mesas, y una serie de tareas no muy gratas (una vez me tocó pararme al lado de un vómito para evitar que la gente lo pisara. Fueron 20 minutos deliciosos), usualmente en jornadas largas y pagadas no muy bien, y con jefes que a veces te tratan como a un orangután o mejor aún, un pez luna un con retraso mental. Cuando alguno de estos tipos pedantes me empieza a explicar cómo doblar una servilleta o limpiar un vaso como si yo fuera un perfecto zoquete, no puedo evitar pensar para mis adentros que tengo un Master y un conocimiento asombroso sobre la fauna marina. Pero luego suspiro y me consuela pensar que muchos de los que trabajan ahí poniendo la mesa conmigo son también graduados de carreras, masters o incluso doctorados de disciplinas inútiles como teatro, literatura, cine o incluso ciencias de la computación.Pero bueno, hay que sobrevivir de alguna forma en esta ciudad. También he seguido yendo a audiciones, algunas de comerciales, otras de teatro, y ahora estoy a la espera de los resultados de una bastante interesante que tuve la semana pasada.

Cosas que uno puede comprar en Londres


Para ir cerrando esta larga edición, valga decir que desde hace unas tres semanas el invierno empezó a retroceder –al fin!-. Debo reconocer que entre el frío, los días tan cortos, y las pegas fomes me empecé a deprimir un poco, pero ya a fines de marzo empezó a salir más el sol, y hasta puedo darme el lujo de salir a la calle sin chaqueta. Y hace un mes me cambié a una nueva casa en un barrio muy simpático con unos tipos que estudiaron en Central (aunque no en mi mismo curso), luego de deambular por varios lugares en los últimos casi seis meses, así que eso también ha sido una parte positiva de este último tiempo. Como detalle casi gracioso, al frente de mi casa hay una plaza, y en la mitad, como si nada, una torre medieval, que en algún momento fue parte de una iglesia pero la iglesia se cayó y la reconstruyeron a cinco cuadras, así que la torre quedó ahí sola.
Saint Mary's Tower, al lado de mi casa

Lo lindo es que se llama Saint Mary’s Tower, o sea, la Torre Santa María. Así que cada vez que la veo, recuerdo el río Mapocho y ese cruce de la Costanera Norte que debería recibir el premio a la conexión de autopista peor pensada del mundo terrestre y submarino. Sí, le hablo a usted, al grandísimo inepto que diseñó esa entrada y salida a la autopista pensando con el recto y que creó un taco enorme, innecesario y totalmente evitable gracias a su inconmensurable idiotez. Y para remate tiene el descaro de poner un pórtico del Tag ahí mismo, para recordarnos que en Chile nos cagan por todos lados y encima nos cobran por eso. Un lobo marino es un ingeniero más capaz que usted, señor Costanera Norte. Y una medusa ciertamente tiene mayor sentido de la ética.Bueno, han sido muchos meses, así que cualquier omisión u olvido de cosas importantes que pueden haber pasado por acá es totalmente a propósito, tal como los insultos. Si hay algún olvido importante e involuntario, lo agregaré como un extra, o haré un sorteo entre mis lectores para que sólo algunos lo reciban por correo.

Tengan todos un feliz día de Star Wars (4 de mayo, o sea, May the fourth, como en May the force be with you, para todos quienes tienen una vida plena y no necesitan saber esta clase de supercherrías):