sábado, 23 de noviembre de 2013

El invierno ya está aquí, y todavía no es invierno

La puntualidad inglesa es un fenómeno muy interesante, misterioso y casi inabordable para nosotros los sudamericanos, acostumbrados a que 5 minutos tarde en realidad dan lo mismo, o a que vaya a hacer uno la tontera de, si te invitan a un cumpleaños a las 10, llegar a las 10, ya que además de que a esa hora no habrá llegado nadie, lo más probable es que ni el cumpleañero esté listo y tengas que sentarte en el living solo y soportando algún silencio incómodo o, peor aún, una conversación incómoda con algún familiar del festejado.

Aquí no: ser puntual no significa llegar a la hora, sino que a esa hora estar listo en el lugar convenido. Por eso, la gente se planifica para llegar antes de la hora convenida, 5, 10, hasta 15 minutos antes. Desconozco el origen de esta tradición de puntualidad, pero infiero que puede ser la influencia del clima, porque aunque el invierno comienza el 21 de diciembre, todo indica que llegó puntualmente un mes y medio antes de esa fecha.
Mi depto (es el que está a nivel del suelo, desde el centro hacia los arbolitos), en un raro día de sol.
Una vista del barrio cerca de mi depto. En una sola cuadra, hay restoranes y almacenes de como 10 países distintos



Hotel The Crown; posiblemente el lugar más glamoroso cerca de mi depto en 20 cuadras a la redonda



En efecto, el frío está cada vez más instalado en esta ciudad, y como todo en este país, en forma muy estable y sin sobresaltos; así que básicamente no hace un frío que te congele los huesos, pero sí que se mantiene constante y con un rango que no escapa de los 6° y 1° Celsius. Así que todo indica que tendré que cambiar el plumón penca de 5 libras que me compré cuando llegué, y comprarme uno que de verdad abrigue.

A todo esto, para quienes se preocuparon por mi dormir luego de mi reporte anterior, puedo decirles que me compré un lindo colchón en una tienda llamada Argos, donde lamentablemente no venden globos, y de hecho uno entra y pareciera que no venden nada porque sólo hay unos mesones con computadores y unas especies de guías de teléfono. La magia es que esas guías de teléfono son en realidad catálogos con todos los productos que tienen, uno anota el código de lo que uno quiere, se lo pasa al vendedor y este lo va a buscar a una bodega gigante a la que ningún ser humano puede entrar. Después de un rato vuelven con lo que uno quiere comprar, y listo. Aunque es bastante práctico y a uno le evita esas caminatas en el homecenter con esos vendedores que se acercan para ofrecerte ayuda cuando uno no la quiere, y que cuando los necesita no aparecen por ningún lado, se pierde todo el romanticismo de encontrar un cojín, una lámpara de velador o un tornillo de 3 pulgadas, tomarlo, acariciarlo y luego decidir si comprarlo o no. El asunto es que compré mi colchón, que además venía aspirado y enrollado al vacío en una bolsa, así que me lo traje caminando desde la tienda, y mientras lo cargaba pensaba en la torpeza de haber comprado un colchón sin siquiera haberlo podido probar antes. Una vez en la casa, lo saqué de su bolsa, lo tiré arriba de mi colchón viejo, y he aquí que creció y creció como esos monitos de esponja que uno los ponía en agua en agua caliente y crecían, y luego que crecían perdían toda su gracia y uno los abandonaba y se entregaba nuevamente a la cálida luz del Nintendo. Yo no tenía Nintendo, pero mi primo sí y jugábamos muchas horas, tanto así que para mi cumpleaños me mandó un video de un juego de Atari que jugábamos cuando chicos con una gráfica realmente horrenda, pero que me trajo muy lindos y melancólicos recuerdos.

Sí, porque hace unas semanas estuve de cumpleaños, así que mis bellas amigas y compañeras de curso Molly, Laura, Shannon y Erikka me organizaron una especie de fiesta de cumpleaños-Halloween, que estuvo de lo más simpática y donde estuvieron gran parte de mi curso y también mis buenos amigos Berni y Shico, y otra gente que no sé quienes eran y que tampoco recuerdo mucho en realidad. Como mis amigas que organizaron la cosa se disfrazaron de “Prom Queens” (algo así como “Reinas de la fiesta de graduación”) ochenteras, yo fui como “Prom King”, en un look digno de… no sé. Mejor dejo la foto.


Con mi torta de cumpleaños. Nótese que incluye mi nombre



Con Erikka, Shannon, Molly y Laura

Erikka, Barney pirata y Harry Potter

El Shico después que la Frida le pegó un botellazo


Más gente rara


Aunque obviamente fue raro pasar el cumpleaños lejos de la familia y los viejos amigos, fue bonito también celebrarlo con estos nuevos amigos que he podido conocer acá. Además, pude librarme de invitar a ciertas personas en Chile que francamente me hacen desfallecer de tedio. Haha, es broma. Broma? No lo sé. En Londres el humor es tan distinto…

Por otro lado, la vida y las clases por acá siguen como siempre, intensas y entretenidas. Hemos hecho un par de “performances” con el curso, de cosas bastante curiosas, y en lugares bastante curiosos. La primera de ellas fue un “Poema coral” que presentamos junto a los cursos de Actuación Contemporánea y Clásica, en la capilla y en un salón del King’s College. Si quieren verla, está en este link, aunque es bastante extraño y dura como 10 minutos. Yo salgo en el minuto 6.02 del video aprox.

La segunda performance fue en una biblioteca que está cerca de mi universidad, de una pieza del compositor John Cage llamada 4’33’’, que básicamente consiste en que el director mira al coro, y cada cierto número de segundos (escritos en la partitura), hace una indicación para que todos demos vuelta una página. Así hasta que al cumplirse 4 minutos y 33 segundos, la cosa se acaba, el coro hace una reverencia y se va, y la gente no entiende nada. Acá un video de la misma pieza interpretada por una orquesta en el Barbican Theater de Londres.

Otra efeméride interesante de este tiempo fue por supuesto el partido de Chile con Inglaterra, el cual esperaba con ansias desde que llegué a Londres y fui a comprar mi entrada apenas estuvieron a la venta, ya que soy y siempre he sido el más fiel hincha de la Roja, y no podía sino contar las horas para poder ver en vivo a mis ídolos como Bambam Zamorano, Pato Toledo y Sandrino Castec.

El Evening Standard previo al partido

O para los incrédulos, la realidad del asunto es que no tuve idea del partido hasta como una semana antes, y tampoco pensaba ir, hasta que un amigo me llamó el día antes y me convenció de gastar 35 pounds en un partido de fútbol. Sin embargo, fue una muy graciosa experiencia, que partió desde el momento en que salí de la estación de metro Wembley y vi el estadio… realmente impresionante. Luego de recoger mi entrada en unas boleterías que me recordaban más al Teatro Municipal que al Estadio Nacional, entré al estadio y llegué a mi asiento ubicado a unos 30 metros de la barra chilena. Así que vi el partido sentado entre puros ingleses, pero cerca de los chilenos, lo cual me ofreció un espectáculo aún más interesante que el partido mismo.



Caminando a Wembley desde el metro, tal como quien camina por Campos de Deportes desde Irarrázaval

Una pantallita del estadio

Primero, recordar que cuando los chilenos se juntan en grupos grandes adoptan comportamientos más semejantes al de una manada de babuinos que al de un grupo humano, como lo son gritarse de un lado a otro, pasar a los empujones, saltarse la fila, ponerse prepotentes con los guardias sin razón alguna, etc.

Lo segundo, es confirmar que los ingleses son una especie de lo más curiosa. Por ejemplo, para reclamar un cobro al árbitro, en vez de gritarle la sarta de barbaridades irreproducibles que solemos hacer en Chile, ellos simplemente fruncían el ceño y gritaban un insultante “BUUUUUU”. O ante las buenas jugadas o incluso los goles de Chile, aplaudían. O incluso, cuando la barra chilena se burlaba y les gritaba “Chaoo weoones”, ellos devolvían amablemente el saludo.

Una bella vista desde mi asiento
Después del triunfo
Luego del partido, fuimos con algunos amigos chilenos a tomar unas cervezas y cosas así, y como acá todo cierra muy temprano, luego de que nos echaran del bar terminamos comiendo unos helados en Hagen-Dasz. Probablemente, el helado más caro de mi vida, pero valió la pena y ya había tomado suficiente cerveza como para que me diera lo mismo desembolsar 8 libras en un banana Split.

Termino esta presente edición mandando un abrazo muy grande a mis amigos Dela y Pachi, que se están casando mientras escribo. Ahora voy a tomarme algunas cidras en su honor.